jueves, 23 de noviembre de 2017

LA REVOLUCIÓN DE LA ALEGRÍA POR EL DOLOR AJENO

Vientos huracanados en la isla peronista. Cómo entender el macrismo: menos Durán Barba y más Hegel. El colectivismo oscuro y la i-rresponsabilidad. Los ricos también sienten envidia. La máxima perversa: Verdad = Dolor. El significado de la conducción de Cristina. Por Damián Selci



Huracán en la isla

Los fanáticos de John Ford quizá recordarán el extraño y chocante argumento de Huracán en la isla (The hurricane, 1937). La primera hora del filme consiste en la narración minuciosa y sensitiva del romance entre dos nativos de la isla Mankoora, Teranji y Marma, que resulta frustrado por el injusto encarcelamiento de Teranji a manos del gobierno colonial. Las imágenes narran con profundidad  y detallismo las emociones en juego: el amor sensual, la inocencia vejada de los indios, la violencia colonialista, el deseo irrefrenable de libertad de Teranji… Y cuando el espectador ya ha tomado partido por los nativos y se encuentra totalmente inmerso en la historia, viene el huracán. Durante largos minutos contemplamos olas de cincuenta metros de alto que literalmente destruyen la isla, matando a todos los personajes, nativos y coloniales, inocentes y déspotas, hombres, mujeres y niños sin distinción. No se salva nadie. Así termina la película.

La analogía se torna inevitable cuando pensamos en la relación que existe entre la “interna del peronismo” y el gobierno de Mauricio Macri. Mientras los analistas políticos y peronólogos de toda laya están inmersos en la interna peronista, mientras los intendentes, gobernadores, legisladores y referentes cautivan a la prensa con su difícil teatro de señas, señuelos y señales… viene el huracán y arrasa con todo. Las diferencias significativas entre Huracán en la isla y (por ponerle un nombre) Huracán en el peronismo son dos, pero claves. En el caso de John Ford, no había ningún personaje que tuviera conciencia de la inminencia del huracán. En nuestro caso, sí: Cristina Fernández de Kirchner. La segunda diferencia es que, por fortuna, el huracán puede ser enfrentado políticamente, si ocurre la doble maravilla de comprender su gravedad y actuar en consecuencia.


Hegel en Nordelta

¿Cómo caracterizar al macrismo? ¿Por qué ganaron las elecciones otra vez? ¿Cristina se equivocó? ¿La gente es estúpida? ¿O los tarados somos nosotros? Todos estos interrogantes suelen aparecer disfrazados detrás de una petición intelectual, que en realidad es una derrota o una declaración de pereza: “necesitamos un Durán Barba”. La premisa es que la sociedad ha cambiado y no la comprendemos, por mantenernos con las obsoletas categorías de los movimientos populares del siglo XX. Sin embargo, es bien sabido que los jóvenes apoyan masivamente al kirchnerismo y los viejos votan absolutamente al macrismo, de modo que Macri no puede estar imponiéndose por usar mejor Snapchat. Prolonguemos un poco la refutación de la incidencia de Durán Barba: cualquiera que haya leído los libros del ecuatoriano encontrará que su edificio conceptual descansa sobre lo que llamaremos la “oposición posmoderna” por antonomasia: ideología versus consumo. A lo largo de páginas y páginas, Durán Barba describe que las sociedades occidentales han cambiado y que las ideologías ha muerto: los jóvenes no desean la Revolución, sino determinadas zapatillas; los grandes ideales perecen bajo un sano hedonismo consumista; las personas sólo esperan que los políticos les resuelvan sus demandas y no den grandes discursos, etc. Analistas como José Natanson se han emborrachado inolvidablemente con estas razones. Sin embargo, otra vez: es evidente que los triunfos de Macri no tienen nada que ver con el anhelo consumista de la sociedad. Macri se diferencia de Menem “justamente” porque no promete consumo: sólo promete que los otros consumirán menos. No dice “vamos al Primer Mundo”, sino “basta de planes sociales”. Su programa de gobierno, y su comunicación política, es anti-Durán Barba. Todos consumen menos; pero algunos consumen menos todavía. Así que no necesitamos los consejos de Durán Barba, que son de la época de Menem, sino ­–eso parece– las suspicacias de la dialéctica hegeliana.

Para entender el vínculo entre el Gobierno y buena parte de sus votantes, podemos remitirnos al conocido episodio de “la cheta de Nordelta”. La circulación del audio donde una cirujana de clase alta, flamante residente de Nordelta, describe con horror los hábitos de sus vecinos, ha sido generalizada. Ahí radica su popularidad: a la “cheta de Nordelta” (que advierte a su interlocutora, Michelle, sobre su “moral ética y estética”) le repugnan costumbres de lo más inocentes, como tomar mate cerca del río con la familia y la reposera. Eso es lo gracioso: que alguien se sienta superior por repudiar el mate, los bizcochos, el perro correteando en el agua… La cheta de Nordelta le aclara a Michelle que si ella adquirió la propiedad en Nordelta fue precisamente para que no hubiera gentuza gozando de los mismos privilegios que ella (pervirtiéndolos, claro). En dos palabras, lo que le molesta a la cheta es haber gastado 200 mil dólares para diferenciarse de los negros, precisamente para no verlos, ¡y que no le hayan alcanzado!

¿Por qué le molesta tanto el mate a la cheta de Nordeta? Hay una buena frase de Slavoj Zizek, de su libro Contragolpe absoluto: “La mirada que ve el Mal en todas partes se excluye a sí misma del Todo social que critica, y esta exclusión es la característica formal del Mal”. Traducido a nuestros términos, el elemento clave de la “cheta de Nordelta” es que ve el Mal por todas partes, incluso en acciones carentes de toda intención como tomar mate y meterse a nadar en el río… pero, precisamente, se excluye de lo que critica, se “pone a salvo” del Mundo horrible que describe y desprecia –cuando lo “horrible”, en todo caso, es su mismo distanciamiento del Mundo. En otras palabras, se niega a ver que su “moral ética y estética” configura un terrorismo de las costumbres, donde toda acción es judiciable salvo el mismo hecho de juzgar. Escuetamente: todos son malos y feos, menos ella. O para decirlo con Zizek, el Mal no reside en los que toman mate en Nordelta, sino en la mirada que se auto-excluye de la sociedad para enjuiciarla y condenarla “desde afuera”. En la realidad política argentina, esta mirada que ve el Mal por todas partes, esta “conciencia enjuiciadora” (como la llama Hegel en la Fenomenología del espíritu) que se salva de la condena sólo por ser quien condena, está representada por Elisa Carrió[1]. Acá encontramos la raíz conceptual de la persecución contra los kirchneristas, que ya puso a Milagro Sala, De Vido y Boudou en la cárcel: la conciencia enjuiciadora o simplemente Alma Bella (que es un mero quejarse por el curso de mundo, como si ella no tuviese responsabilidad de nada) tiene ahora poder de policía. Así son las cosas. Lo que literalmente debe llamarse i-rresponsabilidad, y cuyo lema básico reza “todos son malos, menos yo que jamás tengo la culpa de nada”, toma el control de la sociedad –o, más sombríamente, el Mal coincide con el Estado.


El sujeto macrista según Rousseau

En Argentina, hoy, gobiernan los malos: es decir, gobiernan los envidiosos, los que viven juzgando al resto, los irresponsables. La tesis puede sonar estrafalaria porque estamos acostumbrados a pensar, y así es en parte, que el de Macri es un “gobierno de los ricos”. Pero los ricos también sienten envidia –¿de quién? De los pobres, por supuesto. Para decirlo muy llanamente, las personas comunes nos imaginamos la riqueza como una vida llena de lujos, sin problemas, llena de placeres y viajes… Y conjeturamos que todo lo que puede querer un rico es la prórroga sin límites de esa vida, para sí mismo y para su descendencia. Sin embargo, si esto fuese así, las clases altas, las clases medias acomodadas y los trabajadores alcanzados por Ganancias, a los que les fue mejor con los gobiernos kirchneristas que con las “gestiones explosivas” de la dictadura, Alfonsín, Menem y Duhalde, deberían haber apoyado a Cristina. ¿Por qué hicieron todo lo contrario? Porque lo que deseaban realmente no era más consumo para sí, sino menos consumo para los otros. No bastaba simplemente con poder cenar afuera cinco veces por semana, además era necesario que “los vagos, pobres, planeros” no pudieran ni siquiera hacer un asado al mes...

¿Es un comportamiento extraño? Rousseau lo describe en las últimas páginas del Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Por un lado, dice, existe el “amor por sí mismo”, que es simplemente el instinto de conservación de la criatura humana, y que constituye la base de la empatía. Esto evidentemente no es egoísmo, o si lo es, se trata de un “egoísmo bueno” que incluso fundamenta acciones altruistas (por ejemplo, la máxima “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a vos” parte de una premisa individualista –no querer sufrir– y extrae una conclusión “comunitaria”: tratar bien a los demás para recibir un buen trato). Por otro lado está el “amor propio”, que según Rousseau “conduce a los individuos a apreciarse más que a los demás”. Nuevamente es Zizek quien ilustra el sentido de la distinción rousseauniana en su gran libro Menos que nada: “El auténtico opuesto del amor de sí egoísta no es el altruismo, una preocupación por el bien común, sino la envidia o resentimiento, lo que me hace actuar contra mis propios intereses: el mal entra en juego cuando yo prefiero el infortunio de mi prójimo a mi propia fortuna”.  En otras palabras, el egoísta que simplemente piensa en sí mismo puede sacar la conclusión pragmática de que le “conviene” tratar bien a la gente para recibir buenos tratos, mientras que el egoísta que goza con el malestar ajeno, en aras de alcanzar su objetivo, bien puede sacrificarse y soportar un poco de malestar propio… La paradoja es clara: como los egoístas “buenos” sólo piensan en sí mismos, no tienen en principio ningún problema con la vida de los demás y pueden votar perfectamente a Cristina si ella les garantiza mejores estándares de consumo personal… mientras que los egoístas “malos” están irritados por la vida de los otros –de manera que sólo pueden votar a Macri, el único que promete la desgracia ajena. El problema, entonces, no es que sean insensibles a los demás, sino que les “interesa demasiado” (y patológicamente) la vida de los demás: al punto de querer arruinarla, y al costo que sea. El problema, en resumen, es que sí tienen pensamiento colectivo: pero es un colectivismo oscuro, sacrificial.

Como puede verse, hemos desbordado completamente el marco de Durán Barba: la base emocional del sujeto macrista no es el individualismo hedonista/consumista que ignora los grandes discursos morales, sino la obsesión contra el goce ajeno, que debe ser denunciado con una proclama moralista fanática (lo que Hegel llamaba “conciencia enjuiciadora” y podemos resolver como envidia). Es decir, el discurso sacrificial de Carrió es la verdad de la perorata permisiva de Durán Barba, su “lado oculto” (que es lo que la “oposición amigable” se resiste a asumir).

¿Cómo se transforma esto en una política económica? Es simple, abusivamente simple. El sujeto macrista no busca que lo eximan de pagar Ganancias, ni pretende Iphones importados –el sujeto macrista es el que está dispuesto a hacer los sacrificios que sean necesarios con tal de que los “vagos, planeros, negros” consuman menos. La maldad macrista no reside entonces en una búsqueda del placer propio a cualquier precio, sino en una búsqueda del dolor ajeno a cualquier precio (incluso al precio del tarifazo de luz, gas, agua, transporte…). Es inevitable citar la estremecedora formulación de Zizek: “Lejos de oponerse al espíritu de sacrificio, el Mal emerge aquí como puro espíritu de sacrificio, como predisposición a ignorar el bienestar propio –si, a través del sacrificio, consigo privar al Otro de su goce.” El sujeto macrista no es un hedonista que busca los placeres livianos de la posmodernidad. Todo lo contrario: sufre los tarifazos, pero digamos que lo hace con alegría: los considera el precio que hay que pagar para que el Otro la pase aún peor –comportamiento que se verifica entre los que “prefieren” pagar por ver el fútbol con tal de que otros también deban (y no puedan) hacerlo. (Un especialista en focus group contó una vez que le había preguntado a un grupo de macristas de clase media cuál era, en su opinión, la medida de Cristina Kirchner que más los había perjudicado. Ellos respondieron: “la peor medida fueron los subsidios a las tarifas”. Ante la sorpresa del especialista, explicaron que estaban satisfechos con los aumentos de Macri “porque antes vivíamos en una mentira” –la mentira, por supuesto, es que los argentinos pudieran vivir bien).

Tales son las conclusiones oscuras del momento: los malos, los envidiosos, sienten que están haciendo su revolución. Con un poco de sarcasmo, podemos definirla como la Revolución de la Alegría por el Dolor Ajeno. Esta es la mística macrista: sacrifican su calidad de vida por una causa “colectiva”, la represión del goce de los demás[2]. Como puede verse, no son gente que piense sólo con el bolsillo. Se guían por valores, en principio sin importar las consecuencias. Su máxima moral es: Obra de modo tal que puedas asegurar el sufrimiento ajeno, aun si eso implica el sufrimiento propio. Y por fin tienen un gobierno que prohíbe el mate en Nordelta.


La comunidad de la envidia

¿Qué es el populismo para los macristas? Es un grupo de gente que se dedica a ocultar la Verdad, y la Verdad es el Dolor. Si alguien propone una verdad que no duela, miente o “maquilla las estadísticas”. Por esa razón, la buena vida es de por sí mentirosa, y los que suministran una buena vida son corruptos en este exacto sentido: no porque roben dinero para ellos, sino porque le mienten a la gente… ¿de qué forma? Evitándoles el dolor –con políticas sociales, salud pública, paritarias al alza, subsidios, etc. Por eso deben ser encarcelados.

Las máximas perversas del macrismo, sin embargo, no son una invención de Macri. Personas de lo más honorables albergan pensamientos tenebrosos. Pensemos en la típica frase que podían escucharse, hace unos años, en los barrios populares del Conurbano: “Cristina es una buena presidenta, yo nunca estuve mejor, pero no me gusta que mantenga a los vagos”. Un individualista puro jamás se molestaría por ver qué hacen o dejan de hacer los vagos. Pero el sujeto macrista siente una envidia rabiosa por el disfrute de los demás, así sea la jubilación de las amas de casa, Tecnópolis o la TDA. Por eso, el punto débil del macrismo no es que promueve una cultura individualista, sino que sólo puede formar una comunidad de envidiosos sin vida propia, cuya principal exigencia es el malestar ajeno. Uno podría preguntarse: ¿en qué le molesta a Federico Sturzenegger que las clases populares puedan comer asado todas las semanas? Le molesta porque él no puede disfrutar del asado por sí mismo; tiene que imaginarse la mirada sufriente de los pobres para deleitarse en serio. Los envidiosos no se relacionan directamente con el placer; deben interponer el fantasma del displacer ajeno. Esta perversidad es la que hoy gobierna.

Por supuesto, el espíritu de sacrificio tiene límites. La “austeridad” de De la Rúa era considerada meritoria al momento de asumir; pero hay un momento en que el discurso del sacrificio deja de tener eficacia, y ello ocurre cuando el dolor de los demás deja de “justificar” el mío –es decir, cuando noto que mi sacrificio no es la condición del sufrimiento de los que están abajo, sino que permite el goce de los que están arriba. Para decirlo con toda llaneza, los que “están hartos de mantener vagos” quizá tengan razón en su hartazgo, sólo que los vagos que están manteniendo no son los “pobres, negros, planeros”: son los ricos. El dinero de sus impuestos no va a los planes, va a Aranguren. De este modo se pasa del neoliberalismo al populismo, que es el primer paso hacia la (y lo diremos con un término que tal vez suene anticuado) liberación de la Patria. Pero sólo el primero. El segundo es el materialismo dialéctico.


La amiga del pueblo

Esto es lo que enfrentamos: una ideología sacrificial que no promete ningún bienestar, excepto el que deriva de la desgracia ajena; el País de la Envidia, el Estado de Malestar; como escribió Tom Raworth, “una política de pura destrucción / llevada en camionetas sin marcas”. ¿Es esto maniqueísmo? No hay que temer a la moralización del análisis, no solamente porque sea descriptivamente más eficaz que la “ecuanimidad” insípida de los analistas de los blogs, sino por una razón táctica: lo único que puede contrarrestar la “desmoralización” de las fuerzas populares es la “moralización” de la lucha política –en otros términos, la conciencia de que enfrentamos al Gobierno de los Malos, y que por ende no podemos concederles nada, ningún “elogio objetivo” a su capacidad política o comunicacional, ningún gesto que los favorezca o fortalezca. A un “régimen macrista” (como lo designó Cristina hace pocos días) no hay virtudes que reconocerle, porque su principal característica como régimen es la destrucción de la neutralidad: si todas las instituciones sociales están bajo su control, no hay obviamente “lugar neutral” desde el cual opinar, ni “méritos políticos” que pudiesen establecerse sobre la base de determinadas reglas compartidas. Enumeremos: prensa acallada, oposición política y sindical perseguida, Poder Judicial comprado, provincias enteras amenazadas –en esas condiciones, por cierto, hasta Macri puede gobernar…[3]

Ahora bien, que ellos sean los Malos no significa que nosotros seamos los Buenos. Desde el punto de vista del materialismo dialéctico, hay que sostener más bien que ellos son los Malos porque nosotros no llegamos del todo a ser los Buenos –en otras palabras, ellos son “irresponsables” (y se la pasan echándole la culpa a la pesada herencia) porque “nosotros” no asumimos por completo la invitación de Néstor y Cristina a luchar a fondo contra Clarín, contra el Partido Judicial, los bancos, contra nuestras pequeñas mezquindades… nuestro temor… En otras palabras, cuando los trolls del macrismo responsabilizan al kirchnerismo de “todo” lo que ocurre, de algún modo dan en el blanco: si según Zizek la “característica formal” del Mal consiste en situarse afuera del mundo, y de esa forma i-rresponsabilizarse de lo que ocurra y criticarlo todo, el rasgo formal mínimo del Bien debe ser el contrario: comprometerse con el mundo y responsabilizarse de lo que pase –no huir ante la adversidad, tomarse en serio la batalla política y cultural, participar, poner el cuerpo. Algo que todos estamos haciendo, pero debemos hacer más, sin miedo, sin infantilismo, sin quejas, con el espíritu.

Por eso, ahora que incluso Cristina perdió las elecciones, ahora que descubrimos que no hay salvadores mágicos (como ella se encargó de aclarar varias veces), ahora tenemos la oportunidad de liberarnos de nuestra propia pereza, nuestra propia i-rresponsabilidad –es decir, de nuestra propia “maldad”, nuestro propio modo de excluirnos del Todo social y simplemente echarle la culpa a los demás de lo mal que anda todo y, como el Alma Bella, criticar todo sin hacer propiamente nada. La conducción de Cristina evidentemente no significa que se resuelven todos los problemas y podemos dedicarnos cada uno a nuestros asuntos, sino a la inversa: Cristina es la única que invita a la sociedad, a cada uno de nosotros, a asumir la responsabilidad sobre el país. Cuando alguien dice “con Cristina no alcanza”, ella podría responderle: sin vos, tampoco… Cristina no es una madre que nos protege de los peligros, ella no “garantiza” nada; más bien es una amiga que, por así decir, se pone a nuestro nivel y sin sermones ni paternalismo nos insta a la acción, a hacernos cargo de las cosas: muestra en la práctica cómo enfrentar a los Malos, nos dice “no tengas miedo” y ella misma no tiene miedo; nos insta a que nos atrevamos a pelear, y ella misma se atreve. Mientras la interna peronista es una isla donde todo el mundo pierde el tiempo en conflictos menores sin percibir que se avecina el huracán, Cristina mantiene abierta la puerta a la militancia política y con este solo gesto continúa derrotando al macrismo en la batalla más importante de todas, por lo menos en Argentina: incluso en el país del genocidio, el terrorismo de Estado, el miedo a la política, todos los ciudadanos siguen teniendo el derecho infinito a la militancia. 









[1] Preventivamente, Hegel analiza el audio de la “cheta de Nordelta” en un conocido pasaje de la Fenomenología del espíritu: “Esta conciencia enjuiciadora es, de este modo, ella misma vil, porque divide la acción y produce y retiene su desigualdad con ella misma. Es, además, hipocresía, porque no hace pasar tal enjuiciar como otra manera de ser malo, sino como la conciencia justa de la acción, se sobrepone a sí misma en esta su irrealidad y su vanidad de saber bien y mejorar a los hechos desdeñados y quiere que sus discursos inoperantes sean tomados como una excelente realidad”.

[2] El sacrificio, lógicamente, tiene buena prensa en el mundo grecorromano que vivimos.  Pero una cosa es sacrificarse por el bienestar de uno mismo y su familia (por ejemplo, trabajando horas extras para pagar los estudios de los hijos), y otra cosa muy diferente es sacrificarse por el malestar de otros (pagando el rídículo tarifazo eléctrico del macrismo, solamente para que otros ya no puedan pagarlo). Esta diferencia es la misma que existe entre el sacrificio del héroe y el suicidio del perverso.
[3] Para que haya derecho a la “objetividad” o “neutralidad”, tiene que haber primero lugar para la “subjetividad” y el “partidismo”: si el ejercicio del partidismo opositor está amenazado, eso significa que cualquier expresión “neutral” que no sea idéntica a la línea del régimen será penalizada –como bien saben los periodistas afines al Gobierno: si por una vez no dicen lo que dice Marcos Peña, tendrán un ejército de trolls hostigándolos. 

lunes, 21 de agosto de 2017

Fiscales versus Manipuladores: crónicas del País Oscuro

Como Clarín no asume que ganó Cristina, para muchos no ganó Cristina, y esto incluye a nuestra “intelligentzia”, sumida como se encuentra en un estado de alerta y deliberación. Todos hablan de una cosa: la caracterización del macrismo. En este texto nos proponemos demostrar que sólo la desconfianza absoluta por Clarín, el Gobierno y el Sistema en su conjunto nos puede dar felicidad, además de –cosa no menor– el triunfo en las elecciones de octubre. Por Damián Selci


Elecciones en el País Oscuro

¡Cristina ganó las elecciones! Hay que decirlo con signos de exclamación, porque la sociedad todavía no puede librarse de los narcóticos que los medios le inyectan a diario –y que han llevado a una buena parte del periodismo a “analizar” el “triunfo” de Cambiemos, con la misma sutileza con que teólogos y místicos discutían el sexo de los ángeles: muy interesante, pero los ángeles no existen, y el triunfo de Cambiemos tampoco. Pero como vivimos en un País Oscuro, donde la verdad no brilla, y donde los “analistas políticos” repiten en sus textos la psicopatía que el establishment derrama sobre la sociedad… en semejantes condiciones, es obvio, hay que empezar por prender la luz sobre las cosas. Hagamos una crónica de los hechos, por orden de aparición.

1) Cristina le ganó las elecciones al Sistema, dicho con mayúsculas. Le gana a Clarín y todos los medios, le gana Macri y Vidal, al Partido Judicial, le gana al capital financiero, a la Embajada y a toda la corporación política. Desde la dictadura no se había visto semejante concentración de poder, y Cristina le ganó a todo eso, con maestría y coraje. (Por cierto, los que indican que fue un triunfo muy finito subestiman al Sistema –su experiencia en el manejo del poder, sus influencias, su dinero, su antigüedad, presteza y sabiduría para el dominio.)

2) El Sistema se defiende de esta derrota manipulando la carga de datos, con más precisión, manipulando a la sociedad. Inventa que ganó las elecciones con el solo propósito de amortiguar el costo político de tener que “reconocer” la victoria de Cristina. Contra las protestas de Unidad Ciudadana, la fábula es sostenida por los medios, que replican la noticia, y por la corporación política, que “felicita” al triunfante oficialismo.

3) A continuación, los analistas políticos “serios” se ponen a analizar las “causas” del “triunfo” de Cambiemos. Esta nueva invención apunta a magnificar la fuerza del Sistema para desmoralizar al campo popular, de manera que no se trata solamente de decir que Cambiemos ganó, sino que lo hizo porque “sintoniza mejor” con la época que el vetusto, anticuado y finiquitado kirchnerismo. El ejemplo lo encarna José Natanson, quien habla de un “amplio triunfo oficialista en las PASO” que parece dictado por Rogelio Frigerio y luego escribe un sintagma, “derecha democrática”, que constituye una ofensa contra la cultura cívica de los argentinos, dado que silencia la desaparición a manos de Gendarmería de Santiago Maldonado, el intento de liberar genocidas con el 2x1 y otros diversos atropellos que Martín Granovsky tuvo que listar en Página 12 al día siguiente. –Addenda: a quince días del cierre del Buenos Aires Herald (el único diario que publicaba las desapariciones forzadas de la dictadura), la omisión de Natanson resulta doblemente preocupante.

Estos son los hechos. Gana Cristina en la provincia, el Gobierno oculta la verdad, los comentaristas interpretan la versión oficial. La potencia tóxica de la propaganda es tan grande que impregna todo, y el País Oscuro se envuelve en una niebla fantasmal… donde nada es lo que parece… Los ganadores se sienten perdedores… Algunos proponen, incluso, ya, hacer “autocrítica…” Los Manipuladores festejan expulsando densas nubes de opio y sonríen sobre todo el territorio nacional… Y la piel negra de la noche cae sobre nosotros. Acta est fabula. Sin embargo, no: hay ciudadanos que no se desmayan ante estas alucinaciones programadas y dicen: revisen los papeles, carguen los datos, ganó el pueblo. Son los Fiscales. El auténtico hecho político emergente. De quienes hablaremos luego.


Los subestimadores son los demás

¿Cuál es la crítica más recurrente que, a nivel interno, circula dentro de los ámbitos militantes, adherentes, simpatizantes, “apoyo crítico” y demás variedades del kirchnerismo/peronismo/etc? Es una crítica vinculada al tema de la caracterización y dice así: “¡el kirchnerismo subestima a Macri!” Podemos encontrar este concepto en el título natansoniano: “El macrismo no es un golpe de suerte”. Preguntémonos con toda inocencia: ¿quién sí cree que el macrismo es un golpe de suerte? La respuesta viene rápido a la mente: por supuesto, los tontuelos kirchneristas, que todo lo subestiman. Los kirchneristas no creen que Macri tenga densidad histórico-mundial, así que creen que ganó de pura suerte. Ahora bien, los kirchneristas subestiman a Macri porque se creen superiores, y se creen superiores porque son soberbios. Como son soberbios, no escuchan las críticas que oportunamente les hizo Natanson, o Emilio Pérsico, o Hugo Moyano, o Alberto Fernández, o José “Pepe” Nun, o el mismísimo Eduardo Duhalde. Como no escuchan, perdieron en 2013, 2015 y 2017. Como perdieron, son culpables de que gobierne Macri…

Volvamos a la realidad: Natanson improvisa cuando pretende que exista alguien que subestime al macrismo. Sobre todo cuando el macrismo es el oficialismo nacional desde hace dos años. Pero Natanson es solamente un ejemplo excelente de una postura más generalizada; en columnas recientes se insistió en el tópico (muchas de ellas publicadas en la revista Anfibia: por ejemplo, las de Grimson, Semán y Burdman). El kirchnerismo subestima. ¿Es así? Llama poderosamente la atención esta crítica, que llamaremos “falacia de subestimación”, porque precisamente nadie alertó como el kirchnerismo sobre la naturaleza depredadora del gobierno de Macri. Al revés: es Natanson quien endulzó la oreja de sus lectores con la promesa de una “nueva derecha” que terminó destruyendo la industria nacional a fuerza de tarifazos y despidos, la “nueva derecha” con presos políticos y desaparecidos…

Detengámonos en esto un segundo, porque tiene consecuencias muy precisas. La caracterización es una etapa clave de la lucha política, porque legitima o dicta la acción futura. Por ejemplo, si yo digo que Macri es “vieja derecha” y lo comparo con Menem, con la dictadura o con la Argentina pre-peronista, obviamente no estoy diciendo que estos procesos sean exactamente iguales. Lo que estoy diciendo es que “ya sabemos cómo terminará esto” (mal), que atacará a los trabajadores y los sectores populares, que restringirá la democracia, y que por lo tanto debemos hacer Oposición Firme al gobierno. ¿Se entiende? Comparar un gobierno del pasado con uno del presente sirve para traernos una imagen de sus consecuencias en el país; es una forma de prevenirnos; si se quiere, un toque de saludable desconfianza. Ahora bien, si yo digo que Macri es “nueva derecha”, ¿qué táctica se deriva de ello? Evidentemente, si es algo nuevo, no sé cómo va a terminar. Y si no sé cómo va a terminar, entonces debo ser cauto, porque tal vez no sea tan malo como lo fue (sin dudas: eso no se discute) la “vieja derecha”. De modo que la táctica ya no es Oposición Firme sino “Dar Tiempo”, es decir, “Dar Gobernabilidad”, es decir… Pichetto, la vacilante CGT, Pérsico, todo eso. En esta postura de Dar Tiempo, además, anida una fantasía política enfermiza y sutil: la de que tal vez, si los Malos resultan ser más o menos buenos… tal vez podamos retirarnos a descansar de la lucha… ¿no? Si nos convencemos de que Macri es el Menem de hoy, el Videla de hoy, el Onganía de hoy (ya dijo que se piensa quedar 20 años), entonces tenemos que convertirnos en opositores constantes y militantes, lo que es arduo –pero si en cambio Macri es “algo nuevo”, podemos estar distraídos un rato… leer calmosamente Clarín… decir a nuestros nietos “al principio no se sabía lo que iban a hacer…” O para ajustar esta ensoñación decadente: si por ejemplo (¡oh!) Vidal fuese presidenta, y no Macri, tendríamos una derecha que nos derrotaría sin hacernos sangrar… y nosotros nos despolitizaríamos de a poco, sin dolor… muriendo dulcemente bajo su rostro virginal y suplicante (como ha notado con perspicacia Jorge Alemán) repetido al infinito en Youtube...

En otras palabras: la nota de Natanson es inexacta posiblemente línea por línea, pero el principal problema es que nos insta a bajar las defensas que debemos tener con Macri, porque dice “derecha democrática”, es decir, le dice algo lindo a la derecha, la “acerca”, la torna “familiar”, porque la Democracia es una palabra obviamente nuestra, una palabra que está ligada indisolublemente al hecho de que estamos vivos, de que podemos expresarnos, hablar. Recordemos que en este país hubo un genocidio perpetrado por una dictadura cívico-militar; así que cuando en Argentina evocamos el significante “democracia”, acuden a nuestra mente, más o menos, estas cosas: pañuelos blancos, rostros de desaparecidos, la voz de Julio Strassera diciendo “Nunca más”, jóvenes vivos y vitales en un predio universitario… y aparece una sensación de alivio, de que ahora los Malos están presos y no nos pueden hacer daño… Néstor Kirchner bajando un cuadro y diciendo “no tengo miedo ni les tengo miedo…” Democracia es libertad, paz, hijos vivos, justicia, y los Malos en la cárcel. ¿Se explica ahora la airada reacción que suscitó Natanson entre sus colegas, y más allá? La calificación de “derecha democrática” pervierte esta asociación que surge espontáneamente en nuestra conciencia cívica, y por eso debe ser repudiada.


Tips para evitar la manipulación

Una anécdota personal, de los días previos a la elección. A una conocida le habían cortado la luz por haber acumulado una deuda de 9 mil pesos. Un compañero le prestó plata para afrontar la situación; la vergüenza le había impedido contarme lo que pasaba; sentí rabia, impotencia. Más tarde, comenzó a difundirse que el personal de Edenor había quitado el servicio a 100 familias de un barrio cercano. Era mediodía, estaba nublado, hacía frío; la calle era húmeda y densa. Vi pasar cuatro camionetas de Edenor, andando despacio, como buscando una dirección. Pensé: le van a cortar la luz a otra persona. Pensé que estaba viendo una imagen del País Oscuro: un vehículo privado que, con el aval implícito del Estado Nacional, busca una casa para reventarla.

Es simple de decir, difícil de asumir, pero establezcámoslo como premisa: el Sistema es perverso. Quiere hacernos daño. Le gusta eso, vernos sufrir. Cristina dijo “son crueles”. Y cuando bajamos las defensas nos volvemos permeables a su manipulación. Remarquémoslo: si de veras estamos en la época de la “posverdad”, entonces eso significa sencillamente que estamos en una guerra de propaganda. Y así como la verdad se escucha, la posverdad se rechaza. Sin más. Llamarla incluso “posverdad” es darle aire de novedad a la simple manipulación, que es más vieja que la vieja derecha. Puede servir, posiblemente, listar unos tips para mantener la salud política.
  •   El Sistema quiere hacerte daño, y eso incluye a Clarín, Macri, Vidal, Animales Sueltos, la lista sigue. 
  •   El Sistema es psicópata. Te hace daño y te culpa de haberte hecho daño. Revictimiza a las víctimas. (Por ejemplo, Patricia Bullrich acusó a la familia de Santiago Maldonado de “obstruir la investigación”, cuando la que obstruye la investigación es ella. Esto es propio de psicópatas. Otro ejemplo: Frigerio manipula un resultado electoral y después culpa al kirchnerismo por no aceptar el voto electrónico.)
  •   Nunca les creas nada. Desconfianza absoluta. Si ellos afirman algo, es automáticamente falso y automáticamente dañino. Posverdad = propaganda.
  •   No te expongas innecesariamente a la posverdad. A los que hacen daño, es mejor no leerlos ni oírlos. Las palabras siempre tienen algún poder sobre nosotros, creamos en ellas o no.
  •   El Sistema juega a magnificar su poder para que tengamos miedo de enfrentarlo. Juega a la guerra psicológica, te manipula con eso. Pero no es imbatible. Cristina ya lo venció varias veces, y también el domingo 13 de agosto.
  •   El Sistema nos tiene miedo y está aterrorizado ante la chance de perder las elecciones de octubre, cosa que puede ocurrir perfectamente.
  •  No creas a quienes dicen que tendríamos que haber sacado 45 puntos en PBA. La hipótesis del Sistema, luego de dos años de Macri, era Cristina presa, el peronismo domesticado y el movimiento popular hecho trizas. No lograron nada de eso. Pensá que a Perón, en 1957, dos años después del golpe, lo tenían afuera del país.
  • Somos fuertes y, si todos hacemos nuestra parte, ganamos.

Como enfrentamos psicópatas, todo enunciado requiere una lectura moral –una lectura basada en determinar si aumenta o disminuye el amor propio de los compañeros, los ciudadanos, la gente buena. Y la verdad es que, leyendo la nota de Natanson, queda la impresión no sólo de que perdimos con Macri (lo cual es falso), sino que además es “merecido” que hayamos perdido; que Macri sabe cosas que nosotros no; que para enfrentarlo deberíamos prepararnos mucho mejor de lo que lo hacemos, siguiendo un manual desconocido, básicamente dejando de ser quienes somos. Pero esto es desmoralizante, y por añadidura apoya la estrategia stolbizeriana de Cambiemos de decir “yo ya gané” y esperar que nos entristezcamos y dejemos de oponer resistencia. Pero no, Natanson: no fuimos nosotros quienes nos equivocamos sobre la capacidad de daño del enemigo, no fuimos nosotros quienes subestimamos la situación, no somos nosotros quienes “no tomamos en serio” a Cambiemos. Al revés. Cuando Néstor y Cristina machacaban con la peligrosidad de Clarín, su influencia devastadora en la conciencia social, muchos analistas políticos (cuya capacidad de previsión se ha revelado socialmente inútil) menospreciaban esa denuncia y declaraban pedanterías del estilo “hay que dejar de hablar de Clarín por dos años” e ilustraban a la opinión pública acerca de presuntas demandas insatisfechas, que el kirchnerismo no estaba atendiendo, como Ganancias o comprar dólares. Supuestamente nos sobraba batalla cultural y nos faltaba economía. ¿Y ahora resulta que sobreestimamos lo económico en el país de la batalla cultural? No se puede mover el arco tantas veces. Mientras tanto, Clarín se está devorando al periodismo, instala la idea de que Vidal pelea contra las mafias, que los docentes son vagos y trata a Santiago Maldonado de “artesano perdido”. De hecho, el kirchnerismo en el gobierno era acusado de paranoico y de exagerar la capacidad de daño de sus enemigos; ahora resulta que los subestima… vamos. Concomitantemente, la idea de que se subvaloró la capacidad electoral de Macri es otro fantástico delirio muy escuchado en estos días. De ser así, Cristina no se habría presentado para competir contra el irrisorio Esteban Bullrich. Repitámoslo, todos juntos, como un rezo: si Cristina hubiese sobrado la situación electoral, no se habría postulado. Hubiese candidateado a algún leal desconocido. No hizo eso. Fue en persona y se hizo cargo de todo, remozó el discurso, la estética. Repitámoslo: el kirchnerismo fue todo el tiempo consciente de lo que enfrentaba. Repitámoslo: Cristina ganó. Repitámoslo.


Fiscales Ciudadanos

A raíz de las denuncias de Unidad Ciudadana, se instaló en el núcleo duro kirchnerista la conciencia de que el Sistema no tenía límites en su capacidad de manipulación. Entonces empezaron a circular por las redes las actas con cero votos, y la inquietud de los electores por consultar el telegrama de la mesa en que habían sufragado. Esto vuelve previsible que haya una oleada de voluntarios para la fiscalización de octubre, lo que constituye un fenómeno interesante. La noción de que hay que prevenirse de la manipulación involucra un aumento en la tasa de desconfianza de la Ciudadanía respecto del Gobierno, que de hecho revela un incremento en la conciencia cívica: para decirlo sin vueltas, lo que ocurre es que la Manipulación Electoral no ocurrió solamente el 13 de agosto en las oficinas del Ministerio del Interior, sino mucho antes, toda vez que los medios de comunicación manipularon a la gente para que creyera que Cristina les había quitado algo, toda vez que se desinformó sobre la tragedia social de los tarifazos, toda vez que se le dijo “artesano” a Maldonado, toda vez que se injurió a Milagro Sala, toda vez que se ocultó el cierre de empresas, la caída del consumo de carne y leche –toda vez que se vendió la imagen litúrgica de Vidal y la imagen familiera de Macri. En realidad, la noche del 13 de agosto fue excepcional porque dejó emerger la verdad del Sistema: la manipulación electoral sucede todo el tiempo, todo el tiempo la sociedad está siendo operada para que su voluntad diga otra cosa de lo que está diciendo, y por eso lo que se necesitan son Ciudadanos que evolucionen hacia la condición de Fiscales –no solamente fiscales el día de la elección, sino fiscales a tiempo completo, contrarrestando las ficciones con los datos, las manipulaciones con la información honesta, la posverdad con la verdad. Por cómo viene la mano, los Fiscales pueden ganar las elecciones, no solamente porque vayan a llenar correctamente un acta, sino porque pueden defender a la sociedad de la manipulación del Sistema. Y esto es lo fundamental. La información estupefaciente empieza a perder efecto. Los ciudadanos no pueden confiar en el Gobierno, de modo que deben creer en sí mismos; como Ulises ante las sirenas, atarse a las convicciones y avanzar. Esta es la propuesta, que podría ser también una obligación democrática: defendernos juntos.

sábado, 18 de junio de 2016

EL CASO LÓPEZ vs. EL CASO OCHOA


LA CUESTIÓN TÁCTICA

Anteayer fue 16 de junio. Se cumplió el 61° aniversario del bombardeo a la Plaza de Mayo, ocurrido en 1955. Uno podría decir que ahora las bombas son mediáticas, pero la verdad es que entonces… también había. Una vez coronado el golpe, la prensa de la época se encargó de vilipendiar hasta lo increíble a Perón. Acusaciones de pedofilia, para recordar algo. De hecho, en lo posible, ni lo nombraban –aludían a él con la estúpida perífrasis de “el tirano depuesto”. ¿Por qué se tomaban este trabajo? Porque la guerra moderna es guerra de propaganda, como deja clarísimo el historiador bélico Liddell Hart en su libro La estrategia de aproximación indirecta (un clásico de la materia que se lee, dicen, en la residencia de Santa Marta). Napoleón primero desmoralizaba a su oponente, y después peleaba. Los nazis no invadieron París con tanques, sino con panfletos. En otras palabras, el verdadero objetivo en la lucha es que el adversario no quiera luchar. Se trata de atacar, no su fuerza, sino su voluntad, su pasión, su conciencia; porque cuando la conciencia decrece, decrece la organización; y sin organización hay atomización, lo que simplifica la labor ofensiva –porque después ya se trata de ir atacando a los elementos de a uno, por separado, donde oponen una resistencia débil o nula.

Estas sencillas nociones deben ser traídas a cuento en el presente, donde algunos defensores sinceros del proyecto se sienten “desmoralizados” por el caso López. Es cierto que, políticamente, López distrae la auténtica cuestión de fondo (el tándem de tarifazos, despidos, remate del patrimonio, generación de pobreza y subordinación a EEUU), y por ende retrasa un poco las discusiones que queremos dar. Pero nada más. Las corporaciones embocaron una; no hay que desmoralizarse. Cuidado con esto: la ecuación es desmoralización = desorganización. Recordemos el intercambio entre Cristina y David Viñas en un programa televisivo. Corrían los oscuros años 90 y Viñas (palabras más o menos) decía: soy un intelectual, tengo la obligación de ser pesimista. Cristina respondió: yo soy militante, tengo la obligación de la esperanza, de estar con la moral arriba.

¿Qué estamos diciendo con todo esto? Algo simple: afirmar que el “caso López” nos desmoraliza es, en efecto, desmoralizarnos. En el reino de la política, buena parte del asunto reside en la conciencia, o sea, en la palabra: basta con que uno solamente diga que está desmoralizado, derrotado, y entonces indefectiblemente lo está; peor aún, desmoraliza y desorganiza a los otros. Por algo los medios ponen rápido el micrófono a los arrepentidos, defraudados, etc –para que viralicen su tristeza y contagien al resto. Es un clásico. La misma fiebre de las “autocríticas” nos estuvo rondando desde diciembre del año pasado. Pero no hay que ceder al canto de las sirenas. ¿Alguien puede imaginarse a Néstor Kirchner diciendo: estoy desmoralizado? Para nada. Después de perder con De Narváez, fue a una placita porteña y dijo: militemos con alegría. Y dio la vida por este proyecto. ¿Podemos dudar de la entrega de Néstor Kirchner: de su abnegación, de su sacrificio, de su capacidad incansable de lucha? Esa es la prueba moral suprema: cuando cualquiera se habría retirado, Néstor siguió y siguió. En nuestras conciencias, ¿qué pesa más: los dólares mojados de un funcionario corrupto o el sacrificio de Néstor, en el que se le fue la vida? Si el “caso López” desmoraliza, el simple recordatorio de la muerte de Néstor debería re-moralizarnos por completo. Que el árbol no tape el bosque. De hecho, la lección de este caso es que, como siempre, hay que guiarse por la conducción: hace unas horas, Cristina escribió un breve texto y le cambió la carátula al caso, poniendo el eje no sólo en el corrompido (estatal), sino en el corruptor (empresario), y situando al kirchnerismo en el lugar de quien debe recibir las explicaciones, ¡y no darlas! Consecuencia: todos los que se apresuraron a sentirse “partidos al medio, llenos de dolor, etc”, leyeron a Cristina y notaron que… quizá ya no estaban tan deprimidos, y que la desmoralización no nacía de su corazón, sino del lenguaje que emplearon. La profecía autocumplida lingüística reside en que, sin querer, convirtieron en verdad algo sólo por repetirlo: ante la confusión del “caso López”, escucharon “desmoralización”, lo dijeron, y como según Hegel el lenguaje es la existencia real del Espíritu, se desmoralizaron. Pero, ¿quién echó a correr la palabra “desmoralización? ¿Cristina? No, claro que no. Fueron los medios. Fue Clarín.

Por supuesto, quienes dijeron que estaban desmoralizados, estaban siendo “sinceros” y posiblemente experimentaban un sentimiento de liberación al “reconocer al fin” que estaban “desmoralizados” (porque lo expresaban personas alrededor, y no querían sentirse aislados… a menudo, es preferible compartir una emoción triste que soportar la presión solo –por eso, una persona politizada se define por no ceder a la tentación de zambullirse en las corrientes de opinión, que van y vienen). Pero debemos tener cuidado y recordar el ABC de lo aprendido en los últimos años: los medios de comunicación manipulan nuestras emociones más íntimas y nos hacen sentir cosas que no sentimos “realmente” –y no estamos vacunados contra esa influencia por el solo hecho de “saberlo”. La propaganda corporativa puede llegarnos por canales de lo más variados: un comentario de un amigo, un posteo de Facebook… Y así ocurrió. Hubo una tendencia a comportarse como el espectador promedio “dominado” por el Grupo Clarín, que siente y piensa lo que publica Magnetto. Se formó una verdadera “cadena nacional del desánimo”. Cristina ya la cortó. Pero todos estamos en condiciones de darle una mano con ese trabajo, luego de educarnos durante años en la conciencia de que Clarín miente.

Tal vez sea interesante preguntarse por qué se formó esta cadena del desánimo. Las razones son variadas, pero algo es seguro: no es que “por fin se comprobó la corrupción”. No tiene nada que ver con eso. La causa es más estructural: Macri es presidente, razón por la que la “presión de ser kirchnerista” es la más alta posible, y nuestras defensas colectivas resultan algo más porosas. En un contexto adverso, acusaciones que en otro momento no hubiesen causado mayor daño terminan pareciendo devastadoras; pero no lo son. Mejor dicho, dependen de la entidad que le demos nosotros. Y tratándose claramente de propaganda antipopular, no deberíamos darle ninguna. Por eso tenemos la responsabilidad de no desmoralizarnos con estas cosas.

¿Esto significa que haya que ser un “negador serial” de los problemas? Todo lo contrario. En su brillante exposición en la Facultad de Ciencias Sociales, Álvaro García Linera detalló las debilidades que atraviesan los proyectos populares latinoamericanos. Son temas enriquecedores para el debate interno. Ahora bien, dichas debilidades, ¿bastan para tirar por la ventana el proceso boliviano, el venezolano, el argentino? Han llovido a cántaros las acusaciones contra miembros del PT de Brasil: ¿eso supone que debemos dejar de confiar en Lula, en Dilma? ¡Claro que no! Se trata de ver de dónde parten las palabras que usamos, ¡de no despolitizar ningún tema! “Desmoralización” no es una palabra que hayamos puesto a circular nosotros. Un golpe “moral” sería que un futuro gobierno kirchnerista privatizara empresas, facilitara los despidos, aumentara las tarifas hasta el delirio, se alineara con EEUU… Eso afectaría realmente nuestra confianza en todo esto: el proyecto que nos suma, nos expulsa… Sí, terrible. Para ser más claros: el gran “golpe moral” lo encarnó Menem, al convertir al peronismo en un ariete de políticas antipopulares. La desorientación que vivieron los peronistas en aquel momento fue máxima. No fue un caso de corrupción, fue el Sistema de la Corrupción con la marcha de fondo. En comparación, que un oscuro ex secretario del mejor gobierno desde Perón a esta parte haya sido coimeado… Vamos. Nada de lo que hicimos fue en nombre de este tal López. Es difícil imaginarse que los historiadores del futuro enfoquen el kirchnerismo desde el “caso López”. Más bien parece un asunto menor, policial, como queda demostrado por la misma estructura narrativa que le imprimieron los servicios de inteligencia. (Una buena nota en el sitio Paco Urondo ironiza sobre esto; conviene leerla porque se limita a enfatizar el artificio de la operación. Todo el caso es un verdadero “relato”, en el sentido de que es falso hasta la médula, incluso absurdo, pero con la lógica interna de la ficción televisiva: simplificación, casualidades increíbles, elementos de impacto.)


LA CUESTIÓN DE FONDO

Pero, una vez despejada la cuestión táctica (que se resume en “nunca digas que estás desmoralizado, porque por eso te vas a desmoralizar y vas a contagiar a tus compañeros de ruta, ya que los males de la conciencia se transmiten por vía verbal, y además: desmoralización = desorganización = atomización = individualismo = perdemos”), abordemos la cuestión de fondo. ¿No será que este “caso de corrupción” pone en tela de juicio la esencia misma del proyecto nacional y popular, que es la solidaridad, la entrega, la Patria es el otro –con lo que deja de ser un mero caso policial y se convierte en una contradicción trágica? La respuesta es: no, para nada. Es más: habría que afirmar que la importancia mediática de este “caso López” reside únicamente en el hecho obvio de que el kirchnerismo es realmente un proyecto auténtico y transformador, y que se encuentra tremendamente vivo –y sólo en ese marco las “excepciones a la regla de la solidaridad” resultan escandalosas. Esta afirmación carece de polémica; basta notar que los casos de corrupción probados, obvios, del macrismo, no llaman la atención. No es sólo por la muralla mediática, que también influye. En el neoliberalismo, la corrupción es un sistema general, no un comportamiento aislado; por ende, que tales funcionarios neoliberales puntuales “roben” no entraña ninguna sorpresa, se trata de comportamientos automáticos del sistema (como queda probado por la tranquilidad con que Macri o Melconian reconocen que guardan dinero negro en el exterior: simplemente, ¿qué problema hay?). En cambio, en los proyectos populares, la inmoralidad es una rareza y hasta un “ejemplo” (pero invertido): remitámonos un segundo al “caso Ochoa”. Uno de los generales más importantes de la Revolución Cubana, Arnaldo Ochoa (que participó directamente en la insurrección de 1958, tuvo una destacada intervención en la crisis de los misiles y llegó a merecer el título de “Héroe de la Revolución de Cuba”), fue denunciado, enjuiciado y fusilado por traficar cocaína con… ¡Colombia y Estados Unidos! Para los cubanos, nada puede ser más horrible que manchar la Revolución con algo tan negro como el tráfico de drogas. Un horror ético incalculable, perpetrado por quien era considerado un héroe de la patria… Pero ahora bien, ¿acaso la Revolución Cubana “es cosa del pasado” a raíz del caso Ochoa? ¿Acaso Fidel Castro se sintió “desmoralizado”? No, para nada. La historia suministra innumerables ejemplos de estos personajes, que en su misma infamia permiten calibrar la grandeza de la Causa que profanan: Mirabeau pasó de presidir la Asamblea revolucionaria de París en 1789, a convertirse en un consejero del rey en 1790, jugando a dos puntas entre la República y la realeza. Y bien… ¿a qué viene todo esto? A que Ochoa pisoteó todos los valores revolucionarios, pasando de patriota ejemplar a bandido y traidor, y no obstante la Revolución Cubana no “se terminó”. El “caso López” es incluso menos sugestivo: de ninguna forma era un “héroe” del kirchnerismo; su fama coincidió con su caída, en un ridículo que no tiene término ni, en general, ningún interés.


Por ende, la cuestión de fondo es otra: los valores que nos mueven a hacer esto que hacemos (ser peronistas, defender las causas justas sin importar los obstáculos, tener empatía por los demás) son evidentemente espirituales y constituyen, por supuesto, nuestra mayor fortaleza; así que exponerlos a las operaciones de los agentes de inteligencia no parece lo más recomendable. El “caso López” es un intento más por hacernos creer que no existimos, que no creemos en lo que decimos creer, que nos convendría más ser unos cínicos, unos renegados, disfrazando de trágica gravedad la simple capitulación ideológica. Bueno, por supuesto que no vamos a hacer semejante cosa. Lo que puede servirnos del “caso López” es tomar nota de que la batalla cultural es larga, y que muy probablemente nos topemos con extravagancias como ésta de modo recurrente. Así que, ¡a prepararse! Nos estamos depurando. La gente se cansa de Macri. Las cuestiones de fondo están a la vuelta de la esquina. O como se decía en otra época: hay caos en el cielo, la situación es excelente.

martes, 29 de septiembre de 2015

La juventud política: crónica desde adentro

A fuerza de militancia y madrinazgo presidencial, en el último lustro una generación de jóvenes kirchneristas logró ocupar los resortes, cuando no agarrar la manija, del Estado Nacional. A menudo retratada desde afuera en un análisis que se limita a la conducción de La Cámpora, ya era tiempo de preguntarse qué piensan y cómo es el trabajo de esa multitud anónima que se calza la pechera y recorre el territorio en busca de votos y adhesiones.


-por Damián Selci para Inrockuptibles, septiembre 2015-



“Antes que nada, es importante diferenciar dos cosas: táctica de masa y estrategia de construcción.” Esto están diciendo en una unidad básica del oeste del conurbano bonaerense. De pie, el responsable político se explaya: “la construcción es hablar con Martha, Sonia, Gladys, Antonio; hacernos amigos de la comisión directiva del Club Tal y Tal, que nos conozcan; arreglarle el techo a don Eduardo, a quien también le conseguimos insulina; en fin, relaciones sociales, con contenido político, de modo de insertarnos en la sociedad civil local. Construcción: un pasito, luego otro, te conocen la cara, te quieren. La organización seduce al tiempo, se expande silenciosamente, con la lentitud del humor, las costumbres y el cambio social… Después, por otro lado, está la política de masa, donde salimos a lo loco, para los cuatro costados: es decir, ¡elecciones! Como acá precisamos el voto, no es quedarse dos horas tomando mate, sino que, si el vecino es compañero, le pedimos el teléfono y seguimos rumbo, porque ese ya nos acompaña. Hay 50 mil frentes en el distrito y resulta que tenemos que llegar a todos. Como suena. Así que importa lo cuantitativo, porque lo electoral es eso: números. Todo esto, claro”, prosigue el responsable, “ha de ocurrir bien rápido, en un par de meses eléctricos, furiosos, inolvidables. Se llama o le dicen ‘campaña electoral’. En cambio, la construcción, lo que hacemos el resto del año, y de la vida, es cualitativa y la llamaremos, con intencionado dejo religioso, ‘campaña cultural’”.

¿Qué es todo este idioma? El mes pasado fueron las elecciones primarias abiertas en las que se definieron las candidaturas a presidente, gobernador, intendente y legisladores nacionales, provinciales, locales y del Parlasur, y la prensa debió registrar el avance de una organización como La Cámpora en varios municipios emblemáticos de la Provincia de Buenos Aires (Moreno, San Vicente, Lanús, Hurlingham, Almirante Brown, Mercedes). Dicho fenómeno parecerá inexplicable: ¿tiene la juventud kirchnerista representatividad en la población? Al parecer, la tiene. ¿Cómo pasó? ¿Cómo no lo previeron los interesantes escritores de Le Monde Diplomatique, de la revista Crisis, del blog Panamá? La respuesta: el trabajo de construcción es silencioso, lento, paciente; el electoral es ruidoso. Y ha llegado el momento del ruido.




Estrategia de construcción

A las nueve de la mañana, en Villa Tesei, un sábado helado... En la calle Lángara cae hielo. Los compañeros se reúnen en torno al operativo de salud. Volantes fotocopiados cuelgan entre los dedos angulosos, rígidos, a duras penas retráctiles. Esperan que aparezcan las vecinas del barrio. No tardan nada. En fila, en procesión seudocristiana, con rostros pasolinianos, rigurosos… Vienen a que les firmen las libretas de la Asignación. A la derecha, sobre el descampado, puede oírse el viento, que mueve un manojo de hojas pútridas hasta la cabina de un auto incinerado, graciosamente –entreabierto, sin vidrios ya, su pintura roída. Por arriba, es notorio, camina un gato.

Los compañeros deben hacer esto: charlar en la fila. No limitarse a entregar el volante, como el runflerío. El runflerío es el conocido “aparato”, lo que un guionista de televisión denominaría “punteros”, o sea, el reemplazo de la militancia una vez que la dictadura terminó: gente que por sus contactos puede resolver problemas (tal vez) de los vecinos, lo que sin duda es absolutamente meritorio, pero que luego no politiza la relación. Así la cosa no avanza nunca. Politizar sería, en un nivel mínimo, volver sensible el vínculo que existe entre un problema concreto y los grandes asuntos nacionales. Y emocionar, llamar a la acción.

Hoy, ahora, en julio, los militantes dicen: antes, cuándo hubo un operativo de salud acá. No hubo. Una vecina critica al municipio: en la salita no le quisieron firmar la libreta; qué culpa tenían ellos (los médicos) de que haya parido sin plata. Se hubiera cuidado. Esto le dijeron. Una barbaridad recurrente, el racismo medicinal… Los compañeros politizan, dicen: hay que luchar, los valores de este proyecto, el intendente debería controlar, faltan gasas, basta de frases nazis. Es un comienzo. Salta otra y alega que sube el costo de todo: el pan, la carne, gaseosas. Bueno, replican los compañeros, pero hablemos de política, o lo que es estrictamente idéntico, ¿de quién es la culpa? ¿De la Cristina? No. Arriba CRISTINA = ASIGNACIÓN, abajo EMPRESARIOS = INFLACIÓN… Este fraseo simple debe ser imaginado, brillante, en una pared. Reina la satisfacción de haber tenido una idea; pero cuidado.




Altercado en el paredón

Militantes se acercan a un clásico paredón ferroviario. Todo el mundo lo pinta. Evidente en su finalidad, indiferente en su ideología, en sí mismo resulta ser una cosa esencialmente disponible, lo más parecido que se pueda concebir a una “forma pura”.

Llevan un tacho de cal y unas botellas cortadas al medio, donde cargaron el ferrite azul. Arrancan blanqueando el paredón, tirando cal con rodillos harapientos; este fenómeno ha ocurrido mil veces, y volverá a ocurrir. El nombre del intendente va borrándose. Luego toca escribir la consigna y de esto se ocupa Luciana, clásicamente. La facilidad de su trazo es sorprendente; también la firmeza. Van a poner algo normal, sobre la Patria, nada muy provocativo.

Pero, pero: aparecen dos patrulleros. La policía municipal: oh. Con más rigor, los patrulleros municipales, es decir, los coches comprados por la intendencia. Porque la policía municipal, a mediados de 2015, todavía no existe. Claro que podría tratarse de una sutileza; en definitiva, la represión del enemigo político no es una ciencia exacta.

Hay que reconocer que, para no existir, la fuerza municipal es bastante numerosa. Unas ocho personas vienen a impedir lo que fuere. Pese a la cantidad, por ahora reina un ánimo de cooperación y vecinazgo. “Chicos. ¿Van a pintar? No se puede; todo bien, igual, pero no”, discurren los policías. Los compañeros desean averiguar el porqué; un agente replica que “es propiedad privada”, confiando en el poder mágico de estas palabras. “Todo el mundo pinta acá”, protestan los “chicos”, “y aparte son terrenos ferroviarios: pertenecen al Estado Nacional”. La remisión a una instancia superior irrita el clima casi benévolo que predominaba entre los efectivos. Empiezan a hacerse, o fingir hacerse, llamados telefónicos. Aparece el inevitable “policía malo”, en este caso revestido por la condición de su absoluta inexistencia jurídica. “Hay cámaras de seguridad. Basta. Eh.” El tono es rasposo y frío. El “policía malo” murmura que “nos mandaron” aunque “no queremos estar acá” y que “todos sabemos que esto va a ser así”. Los compañeros analizan el escenario: la propuesta policíaca es que no hay Orden Social y que todo funciona en el terreno del “vamos viendo”, del sobreentendido, los puntos suspensivos... Ante esto, se impone la resistencia pasiva: no pintan, pero tampoco se van. Y hacen también sus llamados. (¿Cómo era la política antes del teléfono celular?)

Hablan con un militante abogado, que se toma un remís para llegar volando a la escena. Otro, responsable político de la zona, coordina con Luciana. Ella está asustada; es flaca, un poco encorvada, como un junco. “Los que están ahí, seguro son mitad bonaerenses, mitad municipales. Todo verso. Esperamos al boga.” Llegan refuerzos al bando seudopolicial. Son “civiles”, esto quiere decir funcionarios. El revoltijo de poder localista incrementa la tensión. “Nos los vamos a llevar detenidos”, dice fuerte uno de los recién llegados, como para que lo escuchen. Surte algún efecto; Luciana vuelve a llamar al responsable político y reporta la situación. El mandato que le devuelven: esperar al boga. “Pero, pero… Nos quieren llevar. Piden DNI.” “No somos chorros. ¡Nada de DNI!”, el responsable político le responde a los gritos a Luciana, pero es para despabilarla y enojarla –funciona, como siempre. Y se levanta el espíritu de los compañeros. Empiezan a pedir identificaciones a los propios canas, quienes, por cierto, se niegan: van enervándose, entre un poco y mucho. Surge un debate acerca de quién debe identificarse ante quién. ¿Son acaso verdaderos policías? A todo esto, la sociedad civil propiamente dicha, en reducido número, curiosea de a ratos –y se aburre, porque en realidad no ocurre nada.

Llega el militante abogado. Acá se define la política: o pueden seguir pintando, o no. Se presenta como tal, abogado Mengano; y cosa curiosa, su presencia resulta fulminante.

Esto es, se van.

Esto es, el bando seudopolicial se desmiembra: un par suben al auto y defeccionan. Los polis distritales, la parte más irreal del grupo… Los funcionarios municipales también se borran. Quedan bonaerenses hablando cordialmente con el abogado: comentan, como quien oye llover, que no les gusta que los llamen para “asistir” en semejantes pavadas.

¡Triunfo! Sin dudas. El deseo de no querer líos, que a veces gobierna el accionar policial, se expresa de diferentes maneras y algunas –por qué no decirlo– bien podrían ser un fragmento de la Constitución.




A sumar gente

Pero ¿cómo, por dónde se empieza a militar? La opinión pública no lo sabe. Tal vez no quiera saberlo; como decía Lacan, no existe ninguna “pulsión de saber”: la ignorancia es una pasión. Por cierto, la opinión pública jamás conduce a nada, así que el pre-militante debe tener la suerte de encontrarse con alguien que le brinde información certera sobre el asunto. Porque mejor que la impersonal alternativa de mandar un correo electrónico a alguna organización es, claro, conocer a alguien que ya esté militando. Armemos la escena. Es de noche. Están en un bar; como las vanguardias artísticas, la política también empieza en un bar (o en la casa de alguien que cumple esa función; no es difícil que esto pase, porque la gente tiene que juntarse en algún lado). Bajo neutrales tubos de luz, se habla de coyuntura. El mozo oye al azar palabras, sustantivos, “izquierda peronista”, “el campo”, “Primera Sección electoral”, flotando en el aire, entremezclándose con el barullo del ambiente y el humo confundido que dejan los cigarrillos, que para eso están. Todos hablan y dicen lo suyo, es decir, lo que han leído del tema. Cosas interesantes. Pero cuando le toca al militante, se nota que sabe. Suena distinto cuando él dice “Kirchner” o “poder político”; suena distinto, sí. Kirchner. Poder político. Palabras conocidas, pero que adquieren otra penetración, otra expresividad, llegan más lejos, se abren paso entre las columnas de humo que expulsan los fumadores, se le imponen incluso a la conciencia intermitente del mozo… Todos prestan atención. Lo más viejo del mundo, claro; está sumando gente; como se dice en la jerga, el primer paso del encuadramiento.





El encuadramiento

Supongamos que el pre-militante decide probar, salir del bar, ir a la cosa misma. ¿Qué pasa en las primeras semanas? Conoce gente. En forma imparable: Juan, Luciana, Andrea, el Colorado, Luis, Victoria, Alberto, José, José Carlos, todos mezclados e innumerables como en la Biblia, singulares, con sus características, su forma de hablar. En el medio del frenesí de reuniones, tal vez logra detener la vista en algo: una compañera que le gusta, y que canaliza (él no lo sabe) su deseo de otra vida, otra juventud… Pero las actividades arrancan inmediatamente; de entrada tendrá que exhibir la capacidad de levantarse, un sábado, a las siete y media de la mañana. Curiosamente, no comienza luchando contra la Sociedad Rural ni la especulación financiera, sino que carga bolsas, pinta techos, camina muchísimo y habla, habla con el pueblo, habla y ve: un océano de sufrimiento. Habla y ve: poder local, gente más inteligente de lo que suponía que podía haber. Habla y dice: al final, el Conurbano es… ya sabíamos cómo era: es común, está lleno de calles, tiene veredas con pasto, intendentes, hay pobres y no pobres, depende la zona, es irresumible. El pre-militante entra en los barrios periféricos. Sus compañeros son de varias clases sociales, quizá de todas. Saben preparar una mezcla de cemento, mover el fratacho sobre un revoque nuevo. Aprende mirando; no se explica cómo, pero está aprendiendo a pegar ladrillos. La política real le hace acordar que tiene un cuerpo, pero de manera distinta… Claro, es “poner el cuerpo” –en otras palabras, quedar demasiado cansado como para salir el sábado a la noche, quizá saliendo igual. Pero además, modelar el cuerpo. Bueno, mejor dicho, el espíritu: tener la orgánica en el cuerpo. Parecido a lo que dijo Alain Badiou a propósito del poder popular: “quienes nada tienen, solo tienen su disciplina”.

¿Qué es esto? La orgánica, la disciplina, significa que yo no soy yo. Más bien, yo sería "uno" –el pronombre indefinido donde intersectan la voluntad personal y la estrategia del conjunto: en definitiva, la fuerza radica en esto, en que se pueda tener una vida no-individual. Digamos lo mismo con una imagen. Cuando el militante se pone, por primera vez, la pechera de la organización, piensa en cómo lo verán sus amigos, los otros, aquellos, los de antes: él, que nunca había… no es un nene, en fin… La semana pasada no pudo ir a uno de esos casamientos campestres a mediodía porque le coincidía con una actividad. ¿Lo decidió él? En tanto “yo”, no; pero en tanto “uno” –se enreda. No hay tiempo. Es de noche; está en una fiesta con música que antes no hubiese escuchado. No conoce a nadie. Está lleno de compañeros. En la penumbra, mientras vuelca cerveza en un vaso de plástico transparente, oye: los que tienen novia, la van a terminar dejando, suele pasar, cuando termine el encuadramiento.




La buena nueva

Hoy los compañeros se vinieron directo desde el Oeste, en el ramal San Martín, y temprano. El sol les pegó un rato en la cara. Con algunos apretujones ingresan en la Casa Rosada, esa importante mansión consciente de sí misma, luego de atravesar la entrada ojival y los controles; por las claraboyas penetra la última claridad del día, un tono pardovioláceo sentimental… Cruzan como pueden el Salón de los Patriotas y se dirigen al Patio de las Palmeras; conocen el camino porque lo han hecho infinidad de veces. El clima adentro: es un recital, pero esos recitales chicos, en los que pasan las cosas importantes, los que no se filmaron, como ver a Sumo en el Parakultural... Todo está cerca, la gente contenta, hay columnas que no dejan ver bien, las canciones suenan como un trueno. ¿Cuándo pasó esto? ¿Volverá a pasar? El sol va ocultándose entre las pesadas hojas de las palmeras. Ya tuvo lugar el anuncio. Sale Cristina, micrófono en mano. Sí, esto debe ser un recital… La forma en que la masa ocupa el espacio, la forma en que ella saluda, “los quiero mucho”... O es al revés y los recitales “copiaron” de la política el elemento místico: la noción de aglomeramiento como un hecho positivo, liberador. Se canta eléctricamente “no pasa nada/ si todos los traidores se van con Massa”. Los militantes y funcionarios que acompañan a Cristina cantan también, ponen los dedos en V, porque es lo que hay que hacer y porque quieren hacerlo. Es un espacio libre de ironía, de suspicacia, de temor, de tedio...

En este momento, uno puede retraerse un segundo y observar a los presentes. En general, y de forma continua, están los compañeros, claro, pero también todas esas personas vistas diez o doce veces, a medias conocidas, con las que uno está vinculado por una vida en común, por objetivos compartidos y por un destino que bueno o malo les caerá a todos, uniformemente, en la cabeza. Eso los junta. Y toda esta escena puede configurar también una lección de teoría política: la potencia colectiva, para no desperdiciarse, se concentra en un punto –el líder, en este caso, la líder. Se ve fácil eso: hay conducción.




Día de elecciones (recuadro)

-Cronología del último 10 de agosto, desde un comando de campaña.-

05:00 hs Oscuridad, truenos; sentimientos góticos. El agua murmura en las cunetas. Anoche, justo es decirlo, circuló un correo avisando que podía llover fuerte. Mandarinas en la mesa de fórmica. ¿Votará el pueblo? Una luz racionalista, intemporal, corre en superficies mojadas…

6:45 El comando de campaña, sin mayores movimientos. Primeros llamados por teléfono. Luz de tubo blanco, cayendo lamentablemente sobre medialunas y bizcochos. Desde la ventana, la ciudad parece un frasco de laboratorio, algo descolorido.

7:15 Los fiscales llegan a las escuelas: empapados. Continúa el atentado terrorista de la lluvia, el “puño sin brazo” del que hablaba Trotsky. Todo marcha bien, salvo en un par de casos, donde los runflas no quieren que se sienten nuestros fiscales, aduciendo que “ya los lugares están ocupados”. Gente simpática nos saluda, si bien no la conocemos.

8:00 Problemas con el apoderado del partido a nivel local. Un gran parecido con Jack Nicholson.

9:00 Con apreciable demora, termina de abrir la última mesa de votación. Furor telefónico con los fiscales generales. ¿Está todo el mundo sentado? ¿Boletas? La lluvia no está siendo tan problemática por el momento. Especulaciones sobre la retracción del voto popular a causa de los anegamientos.

12:00 Nada importante hasta el mediodía, cuando llega el candidato. Hay problemas en tal escuela: como no queda lugar adentro, la policía hace esperar a la gente afuera, y se mojan. Lo bueno: nuestra boleta se mueve más que la de ellos.


14:00 Momento del prode. En una hojita, los que andan en el comando de campaña anotan pronósticos de la elección. Hay tantas categorías que deciden jugar solamente en presidente e intendente, y sólo con los porcentajes locales. Acuerdan un margen de error de un punto. Obviamente, más divertido que jugar es establecer las reglas, así que todos apuestan que ganamos y que nos va bárbaro.

14:30 ¡A almorzar! ¡A votar! Y justo se larga con todo. Poca gente en la calle y en la escuela; las familias comen ravioles y se duermen. En el cuarto oscuro están representadas todas las formas y todos los colores de la volonté générale de que hablaba Rousseau. Al salir, lo dicho, la lluvia perfora los árboles.

17:00 Hora clave para prestar atención y que no haya avivadas. Se envían mensajes de arenga a los fiscales, que responden con exclamaciones y algarabía; mensajes demócrata-populistas, con ánimo, con polarización.

18:00 Cierre formal del acto eleccionario, aunque obviamente en algunas mesas hay demoras. Aplausos en el comando. Ahora se toma de nuevo mate. Empieza a llegar cualquier cantidad de gente; personas vistas en ocasiones olvidadas, charlando junto a las ventanas húmedas, con expresiones satisfechas, intrigadas.

19:30 Primeros resultados, ¡ganamos! Pero el escrutinio será lento y pesado.

20:00 Llega de nuevo el candidato al comando. Aplausos. Periodistas de medios locales, muy jóvenes: ¿cómo será su vida? Empatía; quizá todos los jóvenes de esta época sean buenos e interesantes. Empieza a aparecer, no queda claro de dónde, un importante número de pizzas y gaseosas.

20:30 Todavía no hay nuevos resultados. Llega la noticia que también andamos bárbaro en distritos vecinos. Alguien dice: es una ola. En la televisión no saben nada y simplemente dan a entender que ganamos a nivel nacional.

22:00 Está muy claro que ganamos, pero el escrutinio es lento, y todavía no hay nuevos resultados. Se come pizza fría y llueve desconsoladamente. El comando rebalsa de personas.

23:15 El otro lado reconoce la derrota. Los fiscales salen de las escuelas y se dirigen al Club Tal y Tal, donde serán los festejos. El recorrido es penoso, por la ya descontrolada lluvia; difícil pensar en el triunfo. Hay que ir a abrazarlos, darles pizza o café.

00:15 Club lleno de gente; la gente desconocida sonríe sin parar; los fiscales empapados, es decir los militantes, cantan: “Néstor / mi buen amigo / esta campaña volveremos a estar contigo. / Militaremos de sol a sol…”

02:15 Volviendo a casa. La lluvia no termina de caer bajo ningún punto de vista. Alguien dice: contra la desagradable pedantería de los que desmerecían a la juventud, llamándonos kirchneristas de último momento… el momento parecería no ser el último. Paran en un semáforo. Un claro se abre momentáneamente en el cielo; del cuerno de la luna quedó enganchada una nube. Por la calle lateral, desierta a esta hora, pasa un coche tocando bocina, solo.