lunes, 21 de agosto de 2017

Fiscales versus Manipuladores: crónicas del País Oscuro

Como Clarín no asume que ganó Cristina, para muchos no ganó Cristina, y esto incluye a nuestra “intelligentzia”, sumida como se encuentra en un estado de alerta y deliberación. Todos hablan de una cosa: la caracterización del macrismo. En este texto nos proponemos demostrar que sólo la desconfianza absoluta por Clarín, el Gobierno y el Sistema en su conjunto nos puede dar felicidad, además de –cosa no menor– el triunfo en las elecciones de octubre. Por Damián Selci


Elecciones en el País Oscuro

¡Cristina ganó las elecciones! Hay que decirlo con signos de exclamación, porque la sociedad todavía no puede librarse de los narcóticos que los medios le inyectan a diario –y que han llevado a una buena parte del periodismo a “analizar” el “triunfo” de Cambiemos, con la misma sutileza con que teólogos y místicos discutían el sexo de los ángeles: muy interesante, pero los ángeles no existen, y el triunfo de Cambiemos tampoco. Pero como vivimos en un País Oscuro, donde la verdad no brilla, y donde los “analistas políticos” repiten en sus textos la psicopatía que el establishment derrama sobre la sociedad… en semejantes condiciones, es obvio, hay que empezar por prender la luz sobre las cosas. Hagamos una crónica de los hechos, por orden de aparición.

1) Cristina le ganó las elecciones al Sistema, dicho con mayúsculas. Le gana a Clarín y todos los medios, le gana Macri y Vidal, al Partido Judicial, le gana al capital financiero, a la Embajada y a toda la corporación política. Desde la dictadura no se había visto semejante concentración de poder, y Cristina le ganó a todo eso, con maestría y coraje. (Por cierto, los que indican que fue un triunfo muy finito subestiman al Sistema –su experiencia en el manejo del poder, sus influencias, su dinero, su antigüedad, presteza y sabiduría para el dominio.)

2) El Sistema se defiende de esta derrota manipulando la carga de datos, con más precisión, manipulando a la sociedad. Inventa que ganó las elecciones con el solo propósito de amortiguar el costo político de tener que “reconocer” la victoria de Cristina. Contra las protestas de Unidad Ciudadana, la fábula es sostenida por los medios, que replican la noticia, y por la corporación política, que “felicita” al triunfante oficialismo.

3) A continuación, los analistas políticos “serios” se ponen a analizar las “causas” del “triunfo” de Cambiemos. Esta nueva invención apunta a magnificar la fuerza del Sistema para desmoralizar al campo popular, de manera que no se trata solamente de decir que Cambiemos ganó, sino que lo hizo porque “sintoniza mejor” con la época que el vetusto, anticuado y finiquitado kirchnerismo. El ejemplo lo encarna José Natanson, quien habla de un “amplio triunfo oficialista en las PASO” que parece dictado por Rogelio Frigerio y luego escribe un sintagma, “derecha democrática”, que constituye una ofensa contra la cultura cívica de los argentinos, dado que silencia la desaparición a manos de Gendarmería de Santiago Maldonado, el intento de liberar genocidas con el 2x1 y otros diversos atropellos que Martín Granovsky tuvo que listar en Página 12 al día siguiente. –Addenda: a quince días del cierre del Buenos Aires Herald (el único diario que publicaba las desapariciones forzadas de la dictadura), la omisión de Natanson resulta doblemente preocupante.

Estos son los hechos. Gana Cristina en la provincia, el Gobierno oculta la verdad, los comentaristas interpretan la versión oficial. La potencia tóxica de la propaganda es tan grande que impregna todo, y el País Oscuro se envuelve en una niebla fantasmal… donde nada es lo que parece… Los ganadores se sienten perdedores… Algunos proponen, incluso, ya, hacer “autocrítica…” Los Manipuladores festejan expulsando densas nubes de opio y sonríen sobre todo el territorio nacional… Y la piel negra de la noche cae sobre nosotros. Acta est fabula. Sin embargo, no: hay ciudadanos que no se desmayan ante estas alucinaciones programadas y dicen: revisen los papeles, carguen los datos, ganó el pueblo. Son los Fiscales. El auténtico hecho político emergente. De quienes hablaremos luego.


Los subestimadores son los demás

¿Cuál es la crítica más recurrente que, a nivel interno, circula dentro de los ámbitos militantes, adherentes, simpatizantes, “apoyo crítico” y demás variedades del kirchnerismo/peronismo/etc? Es una crítica vinculada al tema de la caracterización y dice así: “¡el kirchnerismo subestima a Macri!” Podemos encontrar este concepto en el título natansoniano: “El macrismo no es un golpe de suerte”. Preguntémonos con toda inocencia: ¿quién sí cree que el macrismo es un golpe de suerte? La respuesta viene rápido a la mente: por supuesto, los tontuelos kirchneristas, que todo lo subestiman. Los kirchneristas no creen que Macri tenga densidad histórico-mundial, así que creen que ganó de pura suerte. Ahora bien, los kirchneristas subestiman a Macri porque se creen superiores, y se creen superiores porque son soberbios. Como son soberbios, no escuchan las críticas que oportunamente les hizo Natanson, o Emilio Pérsico, o Hugo Moyano, o Alberto Fernández, o José “Pepe” Nun, o el mismísimo Eduardo Duhalde. Como no escuchan, perdieron en 2013, 2015 y 2017. Como perdieron, son culpables de que gobierne Macri…

Volvamos a la realidad: Natanson improvisa cuando pretende que exista alguien que subestime al macrismo. Sobre todo cuando el macrismo es el oficialismo nacional desde hace dos años. Pero Natanson es solamente un ejemplo excelente de una postura más generalizada; en columnas recientes se insistió en el tópico (muchas de ellas publicadas en la revista Anfibia: por ejemplo, las de Grimson, Semán y Burdman). El kirchnerismo subestima. ¿Es así? Llama poderosamente la atención esta crítica, que llamaremos “falacia de subestimación”, porque precisamente nadie alertó como el kirchnerismo sobre la naturaleza depredadora del gobierno de Macri. Al revés: es Natanson quien endulzó la oreja de sus lectores con la promesa de una “nueva derecha” que terminó destruyendo la industria nacional a fuerza de tarifazos y despidos, la “nueva derecha” con presos políticos y desaparecidos…

Detengámonos en esto un segundo, porque tiene consecuencias muy precisas. La caracterización es una etapa clave de la lucha política, porque legitima o dicta la acción futura. Por ejemplo, si yo digo que Macri es “vieja derecha” y lo comparo con Menem, con la dictadura o con la Argentina pre-peronista, obviamente no estoy diciendo que estos procesos sean exactamente iguales. Lo que estoy diciendo es que “ya sabemos cómo terminará esto” (mal), que atacará a los trabajadores y los sectores populares, que restringirá la democracia, y que por lo tanto debemos hacer Oposición Firme al gobierno. ¿Se entiende? Comparar un gobierno del pasado con uno del presente sirve para traernos una imagen de sus consecuencias en el país; es una forma de prevenirnos; si se quiere, un toque de saludable desconfianza. Ahora bien, si yo digo que Macri es “nueva derecha”, ¿qué táctica se deriva de ello? Evidentemente, si es algo nuevo, no sé cómo va a terminar. Y si no sé cómo va a terminar, entonces debo ser cauto, porque tal vez no sea tan malo como lo fue (sin dudas: eso no se discute) la “vieja derecha”. De modo que la táctica ya no es Oposición Firme sino “Dar Tiempo”, es decir, “Dar Gobernabilidad”, es decir… Pichetto, la vacilante CGT, Pérsico, todo eso. En esta postura de Dar Tiempo, además, anida una fantasía política enfermiza y sutil: la de que tal vez, si los Malos resultan ser más o menos buenos… tal vez podamos retirarnos a descansar de la lucha… ¿no? Si nos convencemos de que Macri es el Menem de hoy, el Videla de hoy, el Onganía de hoy (ya dijo que se piensa quedar 20 años), entonces tenemos que convertirnos en opositores constantes y militantes, lo que es arduo –pero si en cambio Macri es “algo nuevo”, podemos estar distraídos un rato… leer calmosamente Clarín… decir a nuestros nietos “al principio no se sabía lo que iban a hacer…” O para ajustar esta ensoñación decadente: si por ejemplo (¡oh!) Vidal fuese presidenta, y no Macri, tendríamos una derecha que nos derrotaría sin hacernos sangrar… y nosotros nos despolitizaríamos de a poco, sin dolor… muriendo dulcemente bajo su rostro virginal y suplicante (como ha notado con perspicacia Jorge Alemán) repetido al infinito en Youtube...

En otras palabras: la nota de Natanson es inexacta posiblemente línea por línea, pero el principal problema es que nos insta a bajar las defensas que debemos tener con Macri, porque dice “derecha democrática”, es decir, le dice algo lindo a la derecha, la “acerca”, la torna “familiar”, porque la Democracia es una palabra obviamente nuestra, una palabra que está ligada indisolublemente al hecho de que estamos vivos, de que podemos expresarnos, hablar. Recordemos que en este país hubo un genocidio perpetrado por una dictadura cívico-militar; así que cuando en Argentina evocamos el significante “democracia”, acuden a nuestra mente, más o menos, estas cosas: pañuelos blancos, rostros de desaparecidos, la voz de Julio Strassera diciendo “Nunca más”, jóvenes vivos y vitales en un predio universitario… y aparece una sensación de alivio, de que ahora los Malos están presos y no nos pueden hacer daño… Néstor Kirchner bajando un cuadro y diciendo “no tengo miedo ni les tengo miedo…” Democracia es libertad, paz, hijos vivos, justicia, y los Malos en la cárcel. ¿Se explica ahora la airada reacción que suscitó Natanson entre sus colegas, y más allá? La calificación de “derecha democrática” pervierte esta asociación que surge espontáneamente en nuestra conciencia cívica, y por eso debe ser repudiada.


Tips para evitar la manipulación

Una anécdota personal, de los días previos a la elección. A una conocida le habían cortado la luz por haber acumulado una deuda de 9 mil pesos. Un compañero le prestó plata para afrontar la situación; la vergüenza le había impedido contarme lo que pasaba; sentí rabia, impotencia. Más tarde, comenzó a difundirse que el personal de Edenor había quitado el servicio a 100 familias de un barrio cercano. Era mediodía, estaba nublado, hacía frío; la calle era húmeda y densa. Vi pasar cuatro camionetas de Edenor, andando despacio, como buscando una dirección. Pensé: le van a cortar la luz a otra persona. Pensé que estaba viendo una imagen del País Oscuro: un vehículo privado que, con el aval implícito del Estado Nacional, busca una casa para reventarla.

Es simple de decir, difícil de asumir, pero establezcámoslo como premisa: el Sistema es perverso. Quiere hacernos daño. Le gusta eso, vernos sufrir. Cristina dijo “son crueles”. Y cuando bajamos las defensas nos volvemos permeables a su manipulación. Remarquémoslo: si de veras estamos en la época de la “posverdad”, entonces eso significa sencillamente que estamos en una guerra de propaganda. Y así como la verdad se escucha, la posverdad se rechaza. Sin más. Llamarla incluso “posverdad” es darle aire de novedad a la simple manipulación, que es más vieja que la vieja derecha. Puede servir, posiblemente, listar unos tips para mantener la salud política.
  •   El Sistema quiere hacerte daño, y eso incluye a Clarín, Macri, Vidal, Animales Sueltos, la lista sigue. 
  •   El Sistema es psicópata. Te hace daño y te culpa de haberte hecho daño. Revictimiza a las víctimas. (Por ejemplo, Patricia Bullrich acusó a la familia de Santiago Maldonado de “obstruir la investigación”, cuando la que obstruye la investigación es ella. Esto es propio de psicópatas. Otro ejemplo: Frigerio manipula un resultado electoral y después culpa al kirchnerismo por no aceptar el voto electrónico.)
  •   Nunca les creas nada. Desconfianza absoluta. Si ellos afirman algo, es automáticamente falso y automáticamente dañino. Posverdad = propaganda.
  •   No te expongas innecesariamente a la posverdad. A los que hacen daño, es mejor no leerlos ni oírlos. Las palabras siempre tienen algún poder sobre nosotros, creamos en ellas o no.
  •   El Sistema juega a magnificar su poder para que tengamos miedo de enfrentarlo. Juega a la guerra psicológica, te manipula con eso. Pero no es imbatible. Cristina ya lo venció varias veces, y también el domingo 13 de agosto.
  •   El Sistema nos tiene miedo y está aterrorizado ante la chance de perder las elecciones de octubre, cosa que puede ocurrir perfectamente.
  •  No creas a quienes dicen que tendríamos que haber sacado 45 puntos en PBA. La hipótesis del Sistema, luego de dos años de Macri, era Cristina presa, el peronismo domesticado y el movimiento popular hecho trizas. No lograron nada de eso. Pensá que a Perón, en 1957, dos años después del golpe, lo tenían afuera del país.
  • Somos fuertes y, si todos hacemos nuestra parte, ganamos.

Como enfrentamos psicópatas, todo enunciado requiere una lectura moral –una lectura basada en determinar si aumenta o disminuye el amor propio de los compañeros, los ciudadanos, la gente buena. Y la verdad es que, leyendo la nota de Natanson, queda la impresión no sólo de que perdimos con Macri (lo cual es falso), sino que además es “merecido” que hayamos perdido; que Macri sabe cosas que nosotros no; que para enfrentarlo deberíamos prepararnos mucho mejor de lo que lo hacemos, siguiendo un manual desconocido, básicamente dejando de ser quienes somos. Pero esto es desmoralizante, y por añadidura apoya la estrategia stolbizeriana de Cambiemos de decir “yo ya gané” y esperar que nos entristezcamos y dejemos de oponer resistencia. Pero no, Natanson: no fuimos nosotros quienes nos equivocamos sobre la capacidad de daño del enemigo, no fuimos nosotros quienes subestimamos la situación, no somos nosotros quienes “no tomamos en serio” a Cambiemos. Al revés. Cuando Néstor y Cristina machacaban con la peligrosidad de Clarín, su influencia devastadora en la conciencia social, muchos analistas políticos (cuya capacidad de previsión se ha revelado socialmente inútil) menospreciaban esa denuncia y declaraban pedanterías del estilo “hay que dejar de hablar de Clarín por dos años” e ilustraban a la opinión pública acerca de presuntas demandas insatisfechas, que el kirchnerismo no estaba atendiendo, como Ganancias o comprar dólares. Supuestamente nos sobraba batalla cultural y nos faltaba economía. ¿Y ahora resulta que sobreestimamos lo económico en el país de la batalla cultural? No se puede mover el arco tantas veces. Mientras tanto, Clarín se está devorando al periodismo, instala la idea de que Vidal pelea contra las mafias, que los docentes son vagos y trata a Santiago Maldonado de “artesano perdido”. De hecho, el kirchnerismo en el gobierno era acusado de paranoico y de exagerar la capacidad de daño de sus enemigos; ahora resulta que los subestima… vamos. Concomitantemente, la idea de que se subvaloró la capacidad electoral de Macri es otro fantástico delirio muy escuchado en estos días. De ser así, Cristina no se habría presentado para competir contra el irrisorio Esteban Bullrich. Repitámoslo, todos juntos, como un rezo: si Cristina hubiese sobrado la situación electoral, no se habría postulado. Hubiese candidateado a algún leal desconocido. No hizo eso. Fue en persona y se hizo cargo de todo, remozó el discurso, la estética. Repitámoslo: el kirchnerismo fue todo el tiempo consciente de lo que enfrentaba. Repitámoslo: Cristina ganó. Repitámoslo.


Fiscales Ciudadanos

A raíz de las denuncias de Unidad Ciudadana, se instaló en el núcleo duro kirchnerista la conciencia de que el Sistema no tenía límites en su capacidad de manipulación. Entonces empezaron a circular por las redes las actas con cero votos, y la inquietud de los electores por consultar el telegrama de la mesa en que habían sufragado. Esto vuelve previsible que haya una oleada de voluntarios para la fiscalización de octubre, lo que constituye un fenómeno interesante. La noción de que hay que prevenirse de la manipulación involucra un aumento en la tasa de desconfianza de la Ciudadanía respecto del Gobierno, que de hecho revela un incremento en la conciencia cívica: para decirlo sin vueltas, lo que ocurre es que la Manipulación Electoral no ocurrió solamente el 13 de agosto en las oficinas del Ministerio del Interior, sino mucho antes, toda vez que los medios de comunicación manipularon a la gente para que creyera que Cristina les había quitado algo, toda vez que se desinformó sobre la tragedia social de los tarifazos, toda vez que se le dijo “artesano” a Maldonado, toda vez que se injurió a Milagro Sala, toda vez que se ocultó el cierre de empresas, la caída del consumo de carne y leche –toda vez que se vendió la imagen litúrgica de Vidal y la imagen familiera de Macri. En realidad, la noche del 13 de agosto fue excepcional porque dejó emerger la verdad del Sistema: la manipulación electoral sucede todo el tiempo, todo el tiempo la sociedad está siendo operada para que su voluntad diga otra cosa de lo que está diciendo, y por eso lo que se necesitan son Ciudadanos que evolucionen hacia la condición de Fiscales –no solamente fiscales el día de la elección, sino fiscales a tiempo completo, contrarrestando las ficciones con los datos, las manipulaciones con la información honesta, la posverdad con la verdad. Por cómo viene la mano, los Fiscales pueden ganar las elecciones, no solamente porque vayan a llenar correctamente un acta, sino porque pueden defender a la sociedad de la manipulación del Sistema. Y esto es lo fundamental. La información estupefaciente empieza a perder efecto. Los ciudadanos no pueden confiar en el Gobierno, de modo que deben creer en sí mismos; como Ulises ante las sirenas, atarse a las convicciones y avanzar. Esta es la propuesta, que podría ser también una obligación democrática: defendernos juntos.

sábado, 18 de junio de 2016

EL CASO LÓPEZ vs. EL CASO OCHOA


LA CUESTIÓN TÁCTICA

Anteayer fue 16 de junio. Se cumplió el 61° aniversario del bombardeo a la Plaza de Mayo, ocurrido en 1955. Uno podría decir que ahora las bombas son mediáticas, pero la verdad es que entonces… también había. Una vez coronado el golpe, la prensa de la época se encargó de vilipendiar hasta lo increíble a Perón. Acusaciones de pedofilia, para recordar algo. De hecho, en lo posible, ni lo nombraban –aludían a él con la estúpida perífrasis de “el tirano depuesto”. ¿Por qué se tomaban este trabajo? Porque la guerra moderna es guerra de propaganda, como deja clarísimo el historiador bélico Liddell Hart en su libro La estrategia de aproximación indirecta (un clásico de la materia que se lee, dicen, en la residencia de Santa Marta). Napoleón primero desmoralizaba a su oponente, y después peleaba. Los nazis no invadieron París con tanques, sino con panfletos. En otras palabras, el verdadero objetivo en la lucha es que el adversario no quiera luchar. Se trata de atacar, no su fuerza, sino su voluntad, su pasión, su conciencia; porque cuando la conciencia decrece, decrece la organización; y sin organización hay atomización, lo que simplifica la labor ofensiva –porque después ya se trata de ir atacando a los elementos de a uno, por separado, donde oponen una resistencia débil o nula.

Estas sencillas nociones deben ser traídas a cuento en el presente, donde algunos defensores sinceros del proyecto se sienten “desmoralizados” por el caso López. Es cierto que, políticamente, López distrae la auténtica cuestión de fondo (el tándem de tarifazos, despidos, remate del patrimonio, generación de pobreza y subordinación a EEUU), y por ende retrasa un poco las discusiones que queremos dar. Pero nada más. Las corporaciones embocaron una; no hay que desmoralizarse. Cuidado con esto: la ecuación es desmoralización = desorganización. Recordemos el intercambio entre Cristina y David Viñas en un programa televisivo. Corrían los oscuros años 90 y Viñas (palabras más o menos) decía: soy un intelectual, tengo la obligación de ser pesimista. Cristina respondió: yo soy militante, tengo la obligación de la esperanza, de estar con la moral arriba.

¿Qué estamos diciendo con todo esto? Algo simple: afirmar que el “caso López” nos desmoraliza es, en efecto, desmoralizarnos. En el reino de la política, buena parte del asunto reside en la conciencia, o sea, en la palabra: basta con que uno solamente diga que está desmoralizado, derrotado, y entonces indefectiblemente lo está; peor aún, desmoraliza y desorganiza a los otros. Por algo los medios ponen rápido el micrófono a los arrepentidos, defraudados, etc –para que viralicen su tristeza y contagien al resto. Es un clásico. La misma fiebre de las “autocríticas” nos estuvo rondando desde diciembre del año pasado. Pero no hay que ceder al canto de las sirenas. ¿Alguien puede imaginarse a Néstor Kirchner diciendo: estoy desmoralizado? Para nada. Después de perder con De Narváez, fue a una placita porteña y dijo: militemos con alegría. Y dio la vida por este proyecto. ¿Podemos dudar de la entrega de Néstor Kirchner: de su abnegación, de su sacrificio, de su capacidad incansable de lucha? Esa es la prueba moral suprema: cuando cualquiera se habría retirado, Néstor siguió y siguió. En nuestras conciencias, ¿qué pesa más: los dólares mojados de un funcionario corrupto o el sacrificio de Néstor, en el que se le fue la vida? Si el “caso López” desmoraliza, el simple recordatorio de la muerte de Néstor debería re-moralizarnos por completo. Que el árbol no tape el bosque. De hecho, la lección de este caso es que, como siempre, hay que guiarse por la conducción: hace unas horas, Cristina escribió un breve texto y le cambió la carátula al caso, poniendo el eje no sólo en el corrompido (estatal), sino en el corruptor (empresario), y situando al kirchnerismo en el lugar de quien debe recibir las explicaciones, ¡y no darlas! Consecuencia: todos los que se apresuraron a sentirse “partidos al medio, llenos de dolor, etc”, leyeron a Cristina y notaron que… quizá ya no estaban tan deprimidos, y que la desmoralización no nacía de su corazón, sino del lenguaje que emplearon. La profecía autocumplida lingüística reside en que, sin querer, convirtieron en verdad algo sólo por repetirlo: ante la confusión del “caso López”, escucharon “desmoralización”, lo dijeron, y como según Hegel el lenguaje es la existencia real del Espíritu, se desmoralizaron. Pero, ¿quién echó a correr la palabra “desmoralización? ¿Cristina? No, claro que no. Fueron los medios. Fue Clarín.

Por supuesto, quienes dijeron que estaban desmoralizados, estaban siendo “sinceros” y posiblemente experimentaban un sentimiento de liberación al “reconocer al fin” que estaban “desmoralizados” (porque lo expresaban personas alrededor, y no querían sentirse aislados… a menudo, es preferible compartir una emoción triste que soportar la presión solo –por eso, una persona politizada se define por no ceder a la tentación de zambullirse en las corrientes de opinión, que van y vienen). Pero debemos tener cuidado y recordar el ABC de lo aprendido en los últimos años: los medios de comunicación manipulan nuestras emociones más íntimas y nos hacen sentir cosas que no sentimos “realmente” –y no estamos vacunados contra esa influencia por el solo hecho de “saberlo”. La propaganda corporativa puede llegarnos por canales de lo más variados: un comentario de un amigo, un posteo de Facebook… Y así ocurrió. Hubo una tendencia a comportarse como el espectador promedio “dominado” por el Grupo Clarín, que siente y piensa lo que publica Magnetto. Se formó una verdadera “cadena nacional del desánimo”. Cristina ya la cortó. Pero todos estamos en condiciones de darle una mano con ese trabajo, luego de educarnos durante años en la conciencia de que Clarín miente.

Tal vez sea interesante preguntarse por qué se formó esta cadena del desánimo. Las razones son variadas, pero algo es seguro: no es que “por fin se comprobó la corrupción”. No tiene nada que ver con eso. La causa es más estructural: Macri es presidente, razón por la que la “presión de ser kirchnerista” es la más alta posible, y nuestras defensas colectivas resultan algo más porosas. En un contexto adverso, acusaciones que en otro momento no hubiesen causado mayor daño terminan pareciendo devastadoras; pero no lo son. Mejor dicho, dependen de la entidad que le demos nosotros. Y tratándose claramente de propaganda antipopular, no deberíamos darle ninguna. Por eso tenemos la responsabilidad de no desmoralizarnos con estas cosas.

¿Esto significa que haya que ser un “negador serial” de los problemas? Todo lo contrario. En su brillante exposición en la Facultad de Ciencias Sociales, Álvaro García Linera detalló las debilidades que atraviesan los proyectos populares latinoamericanos. Son temas enriquecedores para el debate interno. Ahora bien, dichas debilidades, ¿bastan para tirar por la ventana el proceso boliviano, el venezolano, el argentino? Han llovido a cántaros las acusaciones contra miembros del PT de Brasil: ¿eso supone que debemos dejar de confiar en Lula, en Dilma? ¡Claro que no! Se trata de ver de dónde parten las palabras que usamos, ¡de no despolitizar ningún tema! “Desmoralización” no es una palabra que hayamos puesto a circular nosotros. Un golpe “moral” sería que un futuro gobierno kirchnerista privatizara empresas, facilitara los despidos, aumentara las tarifas hasta el delirio, se alineara con EEUU… Eso afectaría realmente nuestra confianza en todo esto: el proyecto que nos suma, nos expulsa… Sí, terrible. Para ser más claros: el gran “golpe moral” lo encarnó Menem, al convertir al peronismo en un ariete de políticas antipopulares. La desorientación que vivieron los peronistas en aquel momento fue máxima. No fue un caso de corrupción, fue el Sistema de la Corrupción con la marcha de fondo. En comparación, que un oscuro ex secretario del mejor gobierno desde Perón a esta parte haya sido coimeado… Vamos. Nada de lo que hicimos fue en nombre de este tal López. Es difícil imaginarse que los historiadores del futuro enfoquen el kirchnerismo desde el “caso López”. Más bien parece un asunto menor, policial, como queda demostrado por la misma estructura narrativa que le imprimieron los servicios de inteligencia. (Una buena nota en el sitio Paco Urondo ironiza sobre esto; conviene leerla porque se limita a enfatizar el artificio de la operación. Todo el caso es un verdadero “relato”, en el sentido de que es falso hasta la médula, incluso absurdo, pero con la lógica interna de la ficción televisiva: simplificación, casualidades increíbles, elementos de impacto.)


LA CUESTIÓN DE FONDO

Pero, una vez despejada la cuestión táctica (que se resume en “nunca digas que estás desmoralizado, porque por eso te vas a desmoralizar y vas a contagiar a tus compañeros de ruta, ya que los males de la conciencia se transmiten por vía verbal, y además: desmoralización = desorganización = atomización = individualismo = perdemos”), abordemos la cuestión de fondo. ¿No será que este “caso de corrupción” pone en tela de juicio la esencia misma del proyecto nacional y popular, que es la solidaridad, la entrega, la Patria es el otro –con lo que deja de ser un mero caso policial y se convierte en una contradicción trágica? La respuesta es: no, para nada. Es más: habría que afirmar que la importancia mediática de este “caso López” reside únicamente en el hecho obvio de que el kirchnerismo es realmente un proyecto auténtico y transformador, y que se encuentra tremendamente vivo –y sólo en ese marco las “excepciones a la regla de la solidaridad” resultan escandalosas. Esta afirmación carece de polémica; basta notar que los casos de corrupción probados, obvios, del macrismo, no llaman la atención. No es sólo por la muralla mediática, que también influye. En el neoliberalismo, la corrupción es un sistema general, no un comportamiento aislado; por ende, que tales funcionarios neoliberales puntuales “roben” no entraña ninguna sorpresa, se trata de comportamientos automáticos del sistema (como queda probado por la tranquilidad con que Macri o Melconian reconocen que guardan dinero negro en el exterior: simplemente, ¿qué problema hay?). En cambio, en los proyectos populares, la inmoralidad es una rareza y hasta un “ejemplo” (pero invertido): remitámonos un segundo al “caso Ochoa”. Uno de los generales más importantes de la Revolución Cubana, Arnaldo Ochoa (que participó directamente en la insurrección de 1958, tuvo una destacada intervención en la crisis de los misiles y llegó a merecer el título de “Héroe de la Revolución de Cuba”), fue denunciado, enjuiciado y fusilado por traficar cocaína con… ¡Colombia y Estados Unidos! Para los cubanos, nada puede ser más horrible que manchar la Revolución con algo tan negro como el tráfico de drogas. Un horror ético incalculable, perpetrado por quien era considerado un héroe de la patria… Pero ahora bien, ¿acaso la Revolución Cubana “es cosa del pasado” a raíz del caso Ochoa? ¿Acaso Fidel Castro se sintió “desmoralizado”? No, para nada. La historia suministra innumerables ejemplos de estos personajes, que en su misma infamia permiten calibrar la grandeza de la Causa que profanan: Mirabeau pasó de presidir la Asamblea revolucionaria de París en 1789, a convertirse en un consejero del rey en 1790, jugando a dos puntas entre la República y la realeza. Y bien… ¿a qué viene todo esto? A que Ochoa pisoteó todos los valores revolucionarios, pasando de patriota ejemplar a bandido y traidor, y no obstante la Revolución Cubana no “se terminó”. El “caso López” es incluso menos sugestivo: de ninguna forma era un “héroe” del kirchnerismo; su fama coincidió con su caída, en un ridículo que no tiene término ni, en general, ningún interés.


Por ende, la cuestión de fondo es otra: los valores que nos mueven a hacer esto que hacemos (ser peronistas, defender las causas justas sin importar los obstáculos, tener empatía por los demás) son evidentemente espirituales y constituyen, por supuesto, nuestra mayor fortaleza; así que exponerlos a las operaciones de los agentes de inteligencia no parece lo más recomendable. El “caso López” es un intento más por hacernos creer que no existimos, que no creemos en lo que decimos creer, que nos convendría más ser unos cínicos, unos renegados, disfrazando de trágica gravedad la simple capitulación ideológica. Bueno, por supuesto que no vamos a hacer semejante cosa. Lo que puede servirnos del “caso López” es tomar nota de que la batalla cultural es larga, y que muy probablemente nos topemos con extravagancias como ésta de modo recurrente. Así que, ¡a prepararse! Nos estamos depurando. La gente se cansa de Macri. Las cuestiones de fondo están a la vuelta de la esquina. O como se decía en otra época: hay caos en el cielo, la situación es excelente.

martes, 29 de septiembre de 2015

La juventud política: crónica desde adentro

A fuerza de militancia y madrinazgo presidencial, en el último lustro una generación de jóvenes kirchneristas logró ocupar los resortes, cuando no agarrar la manija, del Estado Nacional. A menudo retratada desde afuera en un análisis que se limita a la conducción de La Cámpora, ya era tiempo de preguntarse qué piensan y cómo es el trabajo de esa multitud anónima que se calza la pechera y recorre el territorio en busca de votos y adhesiones.


-por Damián Selci para Inrockuptibles, septiembre 2015-



“Antes que nada, es importante diferenciar dos cosas: táctica de masa y estrategia de construcción.” Esto están diciendo en una unidad básica del oeste del conurbano bonaerense. De pie, el responsable político se explaya: “la construcción es hablar con Martha, Sonia, Gladys, Antonio; hacernos amigos de la comisión directiva del Club Tal y Tal, que nos conozcan; arreglarle el techo a don Eduardo, a quien también le conseguimos insulina; en fin, relaciones sociales, con contenido político, de modo de insertarnos en la sociedad civil local. Construcción: un pasito, luego otro, te conocen la cara, te quieren. La organización seduce al tiempo, se expande silenciosamente, con la lentitud del humor, las costumbres y el cambio social… Después, por otro lado, está la política de masa, donde salimos a lo loco, para los cuatro costados: es decir, ¡elecciones! Como acá precisamos el voto, no es quedarse dos horas tomando mate, sino que, si el vecino es compañero, le pedimos el teléfono y seguimos rumbo, porque ese ya nos acompaña. Hay 50 mil frentes en el distrito y resulta que tenemos que llegar a todos. Como suena. Así que importa lo cuantitativo, porque lo electoral es eso: números. Todo esto, claro”, prosigue el responsable, “ha de ocurrir bien rápido, en un par de meses eléctricos, furiosos, inolvidables. Se llama o le dicen ‘campaña electoral’. En cambio, la construcción, lo que hacemos el resto del año, y de la vida, es cualitativa y la llamaremos, con intencionado dejo religioso, ‘campaña cultural’”.

¿Qué es todo este idioma? El mes pasado fueron las elecciones primarias abiertas en las que se definieron las candidaturas a presidente, gobernador, intendente y legisladores nacionales, provinciales, locales y del Parlasur, y la prensa debió registrar el avance de una organización como La Cámpora en varios municipios emblemáticos de la Provincia de Buenos Aires (Moreno, San Vicente, Lanús, Hurlingham, Almirante Brown, Mercedes). Dicho fenómeno parecerá inexplicable: ¿tiene la juventud kirchnerista representatividad en la población? Al parecer, la tiene. ¿Cómo pasó? ¿Cómo no lo previeron los interesantes escritores de Le Monde Diplomatique, de la revista Crisis, del blog Panamá? La respuesta: el trabajo de construcción es silencioso, lento, paciente; el electoral es ruidoso. Y ha llegado el momento del ruido.




Estrategia de construcción

A las nueve de la mañana, en Villa Tesei, un sábado helado... En la calle Lángara cae hielo. Los compañeros se reúnen en torno al operativo de salud. Volantes fotocopiados cuelgan entre los dedos angulosos, rígidos, a duras penas retráctiles. Esperan que aparezcan las vecinas del barrio. No tardan nada. En fila, en procesión seudocristiana, con rostros pasolinianos, rigurosos… Vienen a que les firmen las libretas de la Asignación. A la derecha, sobre el descampado, puede oírse el viento, que mueve un manojo de hojas pútridas hasta la cabina de un auto incinerado, graciosamente –entreabierto, sin vidrios ya, su pintura roída. Por arriba, es notorio, camina un gato.

Los compañeros deben hacer esto: charlar en la fila. No limitarse a entregar el volante, como el runflerío. El runflerío es el conocido “aparato”, lo que un guionista de televisión denominaría “punteros”, o sea, el reemplazo de la militancia una vez que la dictadura terminó: gente que por sus contactos puede resolver problemas (tal vez) de los vecinos, lo que sin duda es absolutamente meritorio, pero que luego no politiza la relación. Así la cosa no avanza nunca. Politizar sería, en un nivel mínimo, volver sensible el vínculo que existe entre un problema concreto y los grandes asuntos nacionales. Y emocionar, llamar a la acción.

Hoy, ahora, en julio, los militantes dicen: antes, cuándo hubo un operativo de salud acá. No hubo. Una vecina critica al municipio: en la salita no le quisieron firmar la libreta; qué culpa tenían ellos (los médicos) de que haya parido sin plata. Se hubiera cuidado. Esto le dijeron. Una barbaridad recurrente, el racismo medicinal… Los compañeros politizan, dicen: hay que luchar, los valores de este proyecto, el intendente debería controlar, faltan gasas, basta de frases nazis. Es un comienzo. Salta otra y alega que sube el costo de todo: el pan, la carne, gaseosas. Bueno, replican los compañeros, pero hablemos de política, o lo que es estrictamente idéntico, ¿de quién es la culpa? ¿De la Cristina? No. Arriba CRISTINA = ASIGNACIÓN, abajo EMPRESARIOS = INFLACIÓN… Este fraseo simple debe ser imaginado, brillante, en una pared. Reina la satisfacción de haber tenido una idea; pero cuidado.




Altercado en el paredón

Militantes se acercan a un clásico paredón ferroviario. Todo el mundo lo pinta. Evidente en su finalidad, indiferente en su ideología, en sí mismo resulta ser una cosa esencialmente disponible, lo más parecido que se pueda concebir a una “forma pura”.

Llevan un tacho de cal y unas botellas cortadas al medio, donde cargaron el ferrite azul. Arrancan blanqueando el paredón, tirando cal con rodillos harapientos; este fenómeno ha ocurrido mil veces, y volverá a ocurrir. El nombre del intendente va borrándose. Luego toca escribir la consigna y de esto se ocupa Luciana, clásicamente. La facilidad de su trazo es sorprendente; también la firmeza. Van a poner algo normal, sobre la Patria, nada muy provocativo.

Pero, pero: aparecen dos patrulleros. La policía municipal: oh. Con más rigor, los patrulleros municipales, es decir, los coches comprados por la intendencia. Porque la policía municipal, a mediados de 2015, todavía no existe. Claro que podría tratarse de una sutileza; en definitiva, la represión del enemigo político no es una ciencia exacta.

Hay que reconocer que, para no existir, la fuerza municipal es bastante numerosa. Unas ocho personas vienen a impedir lo que fuere. Pese a la cantidad, por ahora reina un ánimo de cooperación y vecinazgo. “Chicos. ¿Van a pintar? No se puede; todo bien, igual, pero no”, discurren los policías. Los compañeros desean averiguar el porqué; un agente replica que “es propiedad privada”, confiando en el poder mágico de estas palabras. “Todo el mundo pinta acá”, protestan los “chicos”, “y aparte son terrenos ferroviarios: pertenecen al Estado Nacional”. La remisión a una instancia superior irrita el clima casi benévolo que predominaba entre los efectivos. Empiezan a hacerse, o fingir hacerse, llamados telefónicos. Aparece el inevitable “policía malo”, en este caso revestido por la condición de su absoluta inexistencia jurídica. “Hay cámaras de seguridad. Basta. Eh.” El tono es rasposo y frío. El “policía malo” murmura que “nos mandaron” aunque “no queremos estar acá” y que “todos sabemos que esto va a ser así”. Los compañeros analizan el escenario: la propuesta policíaca es que no hay Orden Social y que todo funciona en el terreno del “vamos viendo”, del sobreentendido, los puntos suspensivos... Ante esto, se impone la resistencia pasiva: no pintan, pero tampoco se van. Y hacen también sus llamados. (¿Cómo era la política antes del teléfono celular?)

Hablan con un militante abogado, que se toma un remís para llegar volando a la escena. Otro, responsable político de la zona, coordina con Luciana. Ella está asustada; es flaca, un poco encorvada, como un junco. “Los que están ahí, seguro son mitad bonaerenses, mitad municipales. Todo verso. Esperamos al boga.” Llegan refuerzos al bando seudopolicial. Son “civiles”, esto quiere decir funcionarios. El revoltijo de poder localista incrementa la tensión. “Nos los vamos a llevar detenidos”, dice fuerte uno de los recién llegados, como para que lo escuchen. Surte algún efecto; Luciana vuelve a llamar al responsable político y reporta la situación. El mandato que le devuelven: esperar al boga. “Pero, pero… Nos quieren llevar. Piden DNI.” “No somos chorros. ¡Nada de DNI!”, el responsable político le responde a los gritos a Luciana, pero es para despabilarla y enojarla –funciona, como siempre. Y se levanta el espíritu de los compañeros. Empiezan a pedir identificaciones a los propios canas, quienes, por cierto, se niegan: van enervándose, entre un poco y mucho. Surge un debate acerca de quién debe identificarse ante quién. ¿Son acaso verdaderos policías? A todo esto, la sociedad civil propiamente dicha, en reducido número, curiosea de a ratos –y se aburre, porque en realidad no ocurre nada.

Llega el militante abogado. Acá se define la política: o pueden seguir pintando, o no. Se presenta como tal, abogado Mengano; y cosa curiosa, su presencia resulta fulminante.

Esto es, se van.

Esto es, el bando seudopolicial se desmiembra: un par suben al auto y defeccionan. Los polis distritales, la parte más irreal del grupo… Los funcionarios municipales también se borran. Quedan bonaerenses hablando cordialmente con el abogado: comentan, como quien oye llover, que no les gusta que los llamen para “asistir” en semejantes pavadas.

¡Triunfo! Sin dudas. El deseo de no querer líos, que a veces gobierna el accionar policial, se expresa de diferentes maneras y algunas –por qué no decirlo– bien podrían ser un fragmento de la Constitución.




A sumar gente

Pero ¿cómo, por dónde se empieza a militar? La opinión pública no lo sabe. Tal vez no quiera saberlo; como decía Lacan, no existe ninguna “pulsión de saber”: la ignorancia es una pasión. Por cierto, la opinión pública jamás conduce a nada, así que el pre-militante debe tener la suerte de encontrarse con alguien que le brinde información certera sobre el asunto. Porque mejor que la impersonal alternativa de mandar un correo electrónico a alguna organización es, claro, conocer a alguien que ya esté militando. Armemos la escena. Es de noche. Están en un bar; como las vanguardias artísticas, la política también empieza en un bar (o en la casa de alguien que cumple esa función; no es difícil que esto pase, porque la gente tiene que juntarse en algún lado). Bajo neutrales tubos de luz, se habla de coyuntura. El mozo oye al azar palabras, sustantivos, “izquierda peronista”, “el campo”, “Primera Sección electoral”, flotando en el aire, entremezclándose con el barullo del ambiente y el humo confundido que dejan los cigarrillos, que para eso están. Todos hablan y dicen lo suyo, es decir, lo que han leído del tema. Cosas interesantes. Pero cuando le toca al militante, se nota que sabe. Suena distinto cuando él dice “Kirchner” o “poder político”; suena distinto, sí. Kirchner. Poder político. Palabras conocidas, pero que adquieren otra penetración, otra expresividad, llegan más lejos, se abren paso entre las columnas de humo que expulsan los fumadores, se le imponen incluso a la conciencia intermitente del mozo… Todos prestan atención. Lo más viejo del mundo, claro; está sumando gente; como se dice en la jerga, el primer paso del encuadramiento.





El encuadramiento

Supongamos que el pre-militante decide probar, salir del bar, ir a la cosa misma. ¿Qué pasa en las primeras semanas? Conoce gente. En forma imparable: Juan, Luciana, Andrea, el Colorado, Luis, Victoria, Alberto, José, José Carlos, todos mezclados e innumerables como en la Biblia, singulares, con sus características, su forma de hablar. En el medio del frenesí de reuniones, tal vez logra detener la vista en algo: una compañera que le gusta, y que canaliza (él no lo sabe) su deseo de otra vida, otra juventud… Pero las actividades arrancan inmediatamente; de entrada tendrá que exhibir la capacidad de levantarse, un sábado, a las siete y media de la mañana. Curiosamente, no comienza luchando contra la Sociedad Rural ni la especulación financiera, sino que carga bolsas, pinta techos, camina muchísimo y habla, habla con el pueblo, habla y ve: un océano de sufrimiento. Habla y ve: poder local, gente más inteligente de lo que suponía que podía haber. Habla y dice: al final, el Conurbano es… ya sabíamos cómo era: es común, está lleno de calles, tiene veredas con pasto, intendentes, hay pobres y no pobres, depende la zona, es irresumible. El pre-militante entra en los barrios periféricos. Sus compañeros son de varias clases sociales, quizá de todas. Saben preparar una mezcla de cemento, mover el fratacho sobre un revoque nuevo. Aprende mirando; no se explica cómo, pero está aprendiendo a pegar ladrillos. La política real le hace acordar que tiene un cuerpo, pero de manera distinta… Claro, es “poner el cuerpo” –en otras palabras, quedar demasiado cansado como para salir el sábado a la noche, quizá saliendo igual. Pero además, modelar el cuerpo. Bueno, mejor dicho, el espíritu: tener la orgánica en el cuerpo. Parecido a lo que dijo Alain Badiou a propósito del poder popular: “quienes nada tienen, solo tienen su disciplina”.

¿Qué es esto? La orgánica, la disciplina, significa que yo no soy yo. Más bien, yo sería "uno" –el pronombre indefinido donde intersectan la voluntad personal y la estrategia del conjunto: en definitiva, la fuerza radica en esto, en que se pueda tener una vida no-individual. Digamos lo mismo con una imagen. Cuando el militante se pone, por primera vez, la pechera de la organización, piensa en cómo lo verán sus amigos, los otros, aquellos, los de antes: él, que nunca había… no es un nene, en fin… La semana pasada no pudo ir a uno de esos casamientos campestres a mediodía porque le coincidía con una actividad. ¿Lo decidió él? En tanto “yo”, no; pero en tanto “uno” –se enreda. No hay tiempo. Es de noche; está en una fiesta con música que antes no hubiese escuchado. No conoce a nadie. Está lleno de compañeros. En la penumbra, mientras vuelca cerveza en un vaso de plástico transparente, oye: los que tienen novia, la van a terminar dejando, suele pasar, cuando termine el encuadramiento.




La buena nueva

Hoy los compañeros se vinieron directo desde el Oeste, en el ramal San Martín, y temprano. El sol les pegó un rato en la cara. Con algunos apretujones ingresan en la Casa Rosada, esa importante mansión consciente de sí misma, luego de atravesar la entrada ojival y los controles; por las claraboyas penetra la última claridad del día, un tono pardovioláceo sentimental… Cruzan como pueden el Salón de los Patriotas y se dirigen al Patio de las Palmeras; conocen el camino porque lo han hecho infinidad de veces. El clima adentro: es un recital, pero esos recitales chicos, en los que pasan las cosas importantes, los que no se filmaron, como ver a Sumo en el Parakultural... Todo está cerca, la gente contenta, hay columnas que no dejan ver bien, las canciones suenan como un trueno. ¿Cuándo pasó esto? ¿Volverá a pasar? El sol va ocultándose entre las pesadas hojas de las palmeras. Ya tuvo lugar el anuncio. Sale Cristina, micrófono en mano. Sí, esto debe ser un recital… La forma en que la masa ocupa el espacio, la forma en que ella saluda, “los quiero mucho”... O es al revés y los recitales “copiaron” de la política el elemento místico: la noción de aglomeramiento como un hecho positivo, liberador. Se canta eléctricamente “no pasa nada/ si todos los traidores se van con Massa”. Los militantes y funcionarios que acompañan a Cristina cantan también, ponen los dedos en V, porque es lo que hay que hacer y porque quieren hacerlo. Es un espacio libre de ironía, de suspicacia, de temor, de tedio...

En este momento, uno puede retraerse un segundo y observar a los presentes. En general, y de forma continua, están los compañeros, claro, pero también todas esas personas vistas diez o doce veces, a medias conocidas, con las que uno está vinculado por una vida en común, por objetivos compartidos y por un destino que bueno o malo les caerá a todos, uniformemente, en la cabeza. Eso los junta. Y toda esta escena puede configurar también una lección de teoría política: la potencia colectiva, para no desperdiciarse, se concentra en un punto –el líder, en este caso, la líder. Se ve fácil eso: hay conducción.




Día de elecciones (recuadro)

-Cronología del último 10 de agosto, desde un comando de campaña.-

05:00 hs Oscuridad, truenos; sentimientos góticos. El agua murmura en las cunetas. Anoche, justo es decirlo, circuló un correo avisando que podía llover fuerte. Mandarinas en la mesa de fórmica. ¿Votará el pueblo? Una luz racionalista, intemporal, corre en superficies mojadas…

6:45 El comando de campaña, sin mayores movimientos. Primeros llamados por teléfono. Luz de tubo blanco, cayendo lamentablemente sobre medialunas y bizcochos. Desde la ventana, la ciudad parece un frasco de laboratorio, algo descolorido.

7:15 Los fiscales llegan a las escuelas: empapados. Continúa el atentado terrorista de la lluvia, el “puño sin brazo” del que hablaba Trotsky. Todo marcha bien, salvo en un par de casos, donde los runflas no quieren que se sienten nuestros fiscales, aduciendo que “ya los lugares están ocupados”. Gente simpática nos saluda, si bien no la conocemos.

8:00 Problemas con el apoderado del partido a nivel local. Un gran parecido con Jack Nicholson.

9:00 Con apreciable demora, termina de abrir la última mesa de votación. Furor telefónico con los fiscales generales. ¿Está todo el mundo sentado? ¿Boletas? La lluvia no está siendo tan problemática por el momento. Especulaciones sobre la retracción del voto popular a causa de los anegamientos.

12:00 Nada importante hasta el mediodía, cuando llega el candidato. Hay problemas en tal escuela: como no queda lugar adentro, la policía hace esperar a la gente afuera, y se mojan. Lo bueno: nuestra boleta se mueve más que la de ellos.


14:00 Momento del prode. En una hojita, los que andan en el comando de campaña anotan pronósticos de la elección. Hay tantas categorías que deciden jugar solamente en presidente e intendente, y sólo con los porcentajes locales. Acuerdan un margen de error de un punto. Obviamente, más divertido que jugar es establecer las reglas, así que todos apuestan que ganamos y que nos va bárbaro.

14:30 ¡A almorzar! ¡A votar! Y justo se larga con todo. Poca gente en la calle y en la escuela; las familias comen ravioles y se duermen. En el cuarto oscuro están representadas todas las formas y todos los colores de la volonté générale de que hablaba Rousseau. Al salir, lo dicho, la lluvia perfora los árboles.

17:00 Hora clave para prestar atención y que no haya avivadas. Se envían mensajes de arenga a los fiscales, que responden con exclamaciones y algarabía; mensajes demócrata-populistas, con ánimo, con polarización.

18:00 Cierre formal del acto eleccionario, aunque obviamente en algunas mesas hay demoras. Aplausos en el comando. Ahora se toma de nuevo mate. Empieza a llegar cualquier cantidad de gente; personas vistas en ocasiones olvidadas, charlando junto a las ventanas húmedas, con expresiones satisfechas, intrigadas.

19:30 Primeros resultados, ¡ganamos! Pero el escrutinio será lento y pesado.

20:00 Llega de nuevo el candidato al comando. Aplausos. Periodistas de medios locales, muy jóvenes: ¿cómo será su vida? Empatía; quizá todos los jóvenes de esta época sean buenos e interesantes. Empieza a aparecer, no queda claro de dónde, un importante número de pizzas y gaseosas.

20:30 Todavía no hay nuevos resultados. Llega la noticia que también andamos bárbaro en distritos vecinos. Alguien dice: es una ola. En la televisión no saben nada y simplemente dan a entender que ganamos a nivel nacional.

22:00 Está muy claro que ganamos, pero el escrutinio es lento, y todavía no hay nuevos resultados. Se come pizza fría y llueve desconsoladamente. El comando rebalsa de personas.

23:15 El otro lado reconoce la derrota. Los fiscales salen de las escuelas y se dirigen al Club Tal y Tal, donde serán los festejos. El recorrido es penoso, por la ya descontrolada lluvia; difícil pensar en el triunfo. Hay que ir a abrazarlos, darles pizza o café.

00:15 Club lleno de gente; la gente desconocida sonríe sin parar; los fiscales empapados, es decir los militantes, cantan: “Néstor / mi buen amigo / esta campaña volveremos a estar contigo. / Militaremos de sol a sol…”

02:15 Volviendo a casa. La lluvia no termina de caer bajo ningún punto de vista. Alguien dice: contra la desagradable pedantería de los que desmerecían a la juventud, llamándonos kirchneristas de último momento… el momento parecería no ser el último. Paran en un semáforo. Un claro se abre momentáneamente en el cielo; del cuerno de la luna quedó enganchada una nube. Por la calle lateral, desierta a esta hora, pasa un coche tocando bocina, solo.

domingo, 31 de mayo de 2015

CRISTINA Y PERÓN

por Damián Selci

Una vez extinguido el experimento Massa, y básicamente agotadas las polémicas en torno a él, y sencillamente dispersados sus antaño numerosos fans (o propagandizadores, o incluso licenciados en “teoría del giro municipalista” –nota irónica: el único giro municipalista verificable fue el de los intendentes renovadores, que en efecto “giraron” masivamente hacia el FPV), la discusión que más o menos viene planteándose en diferentes ámbitos sería la siguiente: qué ocurrirá con el peronismo cuando  Cristina ya no ocupe el sillón presidencial. El rosario de posturas es falsamente interminable; se puede reducir a dos. Por un lado están los “lapiceristas”, en dos palabras, los que juzgan que el liderazgo político no es otra cosa que la asignación de partidas presupuestarias, o la promesa de dichas partidas (bajo el formato de obras, cargos, contratos, lugares en listas y las mil y un formas de “pagar” en política). Por otro lado están los personalistas, para quienes el liderazgo político es un acontecimiento histórico irreductible a ninguna institución, y como tal impone una militancia cuyo horizonte está más allá del toma y daca, la especulación, el cálculo. Por ejemplo, Perón en 1973 era uno de los pocos ciudadanos argentinos que estaban inhabilitados por ley a presentarse a elecciones, el Proscripto por excelencia; sin embargo, mandaba. Se daba la vida por él. (Y, ¿qué es un líder? Podríamos responder: el que el pueblo quiere.)

Hay que hablar, entonces, de Perón y de Cristina. Al mismo nivel. Los que se posternan ante la lapicera, digamos que en su versión más refinada no tienen ningún respeto ni temor por el fenómeno del liderazgo, sino que sienten que podrían reemplazarlo a su debido momento. ¿Se trata solamente de “afán personal de poder”? Quizá no; cuando argumentan, los soldados de la lapicera se defienden apelando a la característica más íntima del corazón del pueblo argentino: el venerable culto a la rebeldía ante la autoridad, la típica desconfianza rioplatense por cualquier título honorífico o sangre azul, de cualquier fortuna bien o mal habida, de cualquier corona… En otros términos, como el Pueblo no se siente inferior a sus Representantes, siempre puede reemplazarlos… A primera vista, modernidad pura. Digamos que el lapicerismo puede fundamentarse en una noción totalmente formal del poder: el que manda no tiene propiedades “naturales” o divinas para ejercer su influencia en los demás (eso sería medievalismo), sino que simplemente posee (de forma pasajera) las herramientas institucionales del poder. Y puede perderlas, porque así es la democracia –incluso perderla a nuestras manos, por lo cual, ¡a competir! (Claude Lefort o Chantal Mouffe acaso podrían suscribir estas líneas.)

Pero el formalismo es más complejo. En una entrevista reciente, mediante la cual politólogos y peronólogos creyeron tocar el cielo analítico con las manos ya que, por fin, la Bestia hablaba por sí misma, el gobernador salteño Juan Manuel Urtubey reflexionó: “Mirá, cuando tenga un candidato a presidente, que todavía no lo tengo, me va a empezar a parecer un gran dirigente; en septiembre, me va a parecer que es lo más cercano a los postulados del peronismo, y en octubre, cuando gane las elecciones, me va a parecer la reencarnación de Perón. Así somos nosotros.” El estructuralismo francés de Urtubey no podría ser más elocuente: el “carisma” no emana de la persona, sino del lugar institucional que ocupa –es una apariencia del sistema, pero una apariencia objetiva, un “engaño” en el que caemos indefectiblemente en septiembre-octubre de los años con elecciones ejecutivas, del que somos conscientes y del cual, no obstante, no podemos liberarnos (ni queremos, porque de hecho suele garantizar el triunfo). Lo fascinante de esta confesión radica en su desparpajo, y por eso gusta tanto a los académicos (quienes, como diría Lacan, representan la posición del Saber que debe ser siempre lo contrario de la inocencia y por eso termina en el cinismo –y por eso Twitter está lleno de becarios); con una leve paráfrasis de Slavoj Zizek, podemos describir este fenómeno diciendo “sabemos muy bien que el candidato Fulano no es la reencarnación de Perón, pero… igual lo creemos”. Ahora bien, la frase de Urtubey tenía un remate que no puede eludirse y resuelve (descartándolo) el enigma del carisma: “Si le va bien dentro de cuatro años militaremos su reelección, y si no le va bien, nos lo llevaremos puesto”. Esta visión hindú del peronismo, donde el Movimiento se va engullendo tranquilamente a sus sucesivas encarnaciones en cuanto dejan de servirle, sin que sus productos lo afecten ni alteren su naturaleza, tiene la seducción de Shiva y sus brazos infinitos; pero al igual que el hinduismo, y sin dejar de ser una figura del Espíritu (vamos a reconocerlo), resulta fundamentalmente aburrido, incompleto y conservador.

Y bien, ¿qué piensan los personalistas? Lo contrario; en la fenomenología del espíritu político, serían como los cristianos, para quienes el Movimiento sí puede producir un liderazgo que no sea “uno más”, que cambie para siempre el sentido del Movimiento mismo. En otros términos, son dialécticos, en el sentido de que admiten la posibilidad de un Acontecimiento que interrumpa el fluir imparable y esquizoide (y quizá deleuziano) tan bien descrito por Urtubey… Para bajar a tierra todo esto: hay un grupo significativo de gente para la cual Cristina tiene la misma estatura política que Perón. Y que por lo tanto hay que obrar (militar políticamente) en consecuencia. Por ejemplo, La Cámpora, organización cuyo nombre lo dice todo[1].

Esta es la discusión, en definitiva. ¿Cristina es tan importante y decisiva para la historia argentina como Perón? Comencemos analizando a quienes rechazan semejante idea. Salvo que tengan 70 años, no han vivido los años dorados del peronismo clásico y casi con seguridad no los han experimentado como militantes políticos: sólo conocen la Resistencia, donde había líder pero lejos, donde –por obvia necesidad– la política peronista gozaba de una autonomía táctica francamente enorme. Si tienen entre 40 y 50 años y están en la flor de la edad para la gestión, ni siquiera han llegado a vivir políticamente el Perón del 74 y todo lo que pueden decir del asunto se basa en relatos indirectos y en la época Cafiero-Menem, es decir, la Renovación. Si tienen menos y siguen pensando que Perón fue más que Cristina, lo que preservan es la experiencia bibliográfica del peronismo contra la vivencia directa del kirchnerismo, lo cual es respetable, en primer y último lugar. Porque no se trata de invalidar etariamente una posición sino calcular su influencia política: si Perón “hubo uno solo”, si el acontecimiento histórico del liderazgo de Perón no puede volver, entonces tiene razón Urtubey –todo lo que nos queda es engañarnos con encarnaciones cuatrianuales del General que, luego e impiadosamente, devoraremos cuando pierda votos. Y así recomenzar el círculo. La lógica del carisma que expone Urtubey es tan circular como las crisis económicas a las que nos ha venido sometiendo el capital extranjero; y esto quizá no constituya, cómo decirlo… una “casualidad permanente”. Yendo al grano: ¿cómo se ha tramitado la sucesión política en la Argentina? Mediante golpes de Estado o golpes de Mercado. Lo pueden testificar Duhalde, De la Rúa, Menem, Alfonsín, los militares en todas sus formas, Isabel, Illia, Frondizi, Perón, Yrigoyen… Tal vez el “y si le va mal, nos lo llevaremos puesto”, tan natural y cansino de Urtubey, tenga un sustrato menos espiritista y más económico-político; tal vez atrás de los tentáculos movedizos e hipnóticos de Shiva se cifre el rol que la división internacional del trabajo del siglo XIX le asignó a la Argentina: vender granos y explotar por el aire ante cada cuello de botella industrializador, por falta de dólares o por presión de las armas…

Para ser más explícitos: a Cristina nadie se la llevó puesta. Gobierna con mano firme, como si no fuese a irse en pocos meses. Mantiene absoluta centralidad política. Sanciona leyes. Y peor todavía, arma listas. Simpáticos sofistas pretenden que Menem, hacia el final de su mandato, estaba en una situación similar. Para nada. El 17 de octubre de 1998, el gobernador bonaerense y peronista Eduardo Duhalde (que ya había volteado el rumor re-reeleccionista) llenó la Plaza de Mayo para sepultar el liderazgo de otro peronista y encima presidente, Carlos Menem, cosa que logró (según Carlos Corach hubo 60 mil personas, según el duhaldismo 100 mil) [2]. ¿Existe algo parecido que haya ocurrido este año en relación a Cristina? Massa jugó simbólicamente por ese camino –por ejemplo, se atribuyó haber cercenado cualquier posibilidad de reforma constitucional que habilitara nuevos mandatos presidenciales, y logró provocar una escisión bonaerense de cierta importancia. Sin embargo, la idea no prosperó. El liderazgo de Cristina no estaba agotado. Y no porque (como teorizan los liberales, a quienes siempre debemos leer ya que, como tienen intereses propios, tienen ideas propias) la economía populista del kirchnerismo haya postergado su muerte con emisión, subsidios y deuda china. Es al revés: Cristina pudo sortear la crisis económica (tomando las medidas contrarias a las recetadas por los “y si le va mal, nos lo llevamos puesto”) porque es una líder histórica de la talla de Perón. Su enorme popularidad le permite ordenar todo lo que pasa. Cristina está abarcando políticamente la contradicción principal: cómo hacer para que el capital extranjero no vampirice la industria nacional y nos devuelva, de un plumazo, al siglo XIX –a su economía dependiente, a sus magras condiciones de vida. Interesante problema, ¿no? Y además, todo indica que su influencia en la política nacional va a ser terriblemente importante y, en algún sentido, quizá recién ha empezado: Cristina tiene sólo 62 años (cuando finalmente volvió al país tras su largo exilio, Perón ya sumaba 78).

La tesis final de este artículo es la siguiente: el peronismo hindú, con encarnaciones dirigenciales descartables que van muriendo a medida que se vuelven inútiles, no es un resultado histórico. Es sólo una etapa de transición entre Perón y Néstor, una formación de compromiso que surgió para procesar conjuntamente la muerte de Perón a manos de la vejez y la muerte de la juventud a manos de la dictadura. (Demasiado espanto. Todo lo bueno y grande que había en la Argentina del 73 ya no existía en la Argentina del 78.) Acá se puede rebatir el punto filosófico de los soldados de la lapicera: es cierto, “el argentino” desconfía de la autoridad, no se siente menos que un norteamericano o un europeo, no respeta los trajes ni los títulos, no se posterna ante los reyes, desconoce con toda frescura fastos y pompas (cuando Antonio Ubaldo Rattín fue expulsado del partido Argentina-Inglaterra en el Mundial de 1966, se sentó un buen rato en la alfombra roja destinada a la Reina, provocando un involuntario, mágico estupor), es cierto, “el argentino” es más anarquista que verticalista y sin embargo… sin embargo, cuando alguien es un auténtico líder popular, las “bromas” y los desafíos terminan. Son mal vistos. Mientras Perón vivió, e incluso residiendo fuera del país, fue desafiado por Vandor, que tenía un poder enorme en la CGT y quiso fundar el “peronismo sin Perón”: no funcionó. Luego, con muy otras razones, Montoneros discutió esa conducción: tampoco anduvo. Conclusión, los liderazgos históricos no se tocan. ¿Qué van a intentar con Cristina? El pueblo argentino la quiere, y la va a querer más a medida que se acerque el 10 de diciembre de este año –y más aún después, cuando ya no la veamos asomarse regularmente a los patios de la Casa Rosada para decir que bien, en fin, lo mejor que deja su gobierno es una juventud politizada. Son palabras solemnes. En este país hubo un genocidio; Néstor y Cristina lo curaron. El hecho va más allá de cualquier coyuntura y dicta, en buena parte, las condiciones del futuro –en todo caso, es lo que está en debate: para una parte no desdeñable de la sociedad, numerosa y movilizada, el candidato es el proyecto, y el liderazgo es de Cristina.






[1] Habría que aclarar que los “personalistas” no suponen ninguna regresión a una versión carismática ingenua de la política. La diferencia con los compañeros de la lapicera es simple: éstos se ordenan con el que gobierne, sea Perón u Onganía (como hizo el pragmático Augusto Timoteo Vandor), mientras que los personalistas crean una orgánica “paralela” a la institucional a la que llaman, claro, la Orga, donde la política sencillamente no se confunde con el Estado, aunque puedan coincidir. ¿De dónde sale esta necesidad de duplicar la orgánica del Estado en otra superior, la orgánica política? La razón es simple: el Estado, por sí sólo, tiende a la burocracia, es decir, a administración (“gestión”), y de lo que se trata acá es de un proyecto de transformación cultural de la sociedad –de que la vida cotidiana sea distinta, y no sólo más eficaz.
[2] En la crónica que realiza Página 12 de aquel evento, el periodista Felipe Yapur destaca que el único gobernador presente en el acto era Néstor Kirchner. Y también recoge estas palabras de la diputada Cristina: “Yo no aplaudí cuando se hizo referencia al orgullo de haber participado de las políticas de Menem”, explicó a este diario Cristina Fernández de Kirchner. Pero advirtió que Duhalde hizo algunas referencias muy importantes: “El discurso saldó algunas deudas del peronismo como cuando hizo referencia a la dictadura y a los desaparecidos. Además hizo una buena descripción de los perdedores y ganadores del modelo y anunció una nueva y mejor distribución del ingreso”. http://www.pagina12.com.ar/1998/98-10/98-10-18/pag03.htm

martes, 30 de diciembre de 2014

LA POLÍTICA Y EL ESTADO EN EL KIRCHNERISMO

Diciembre 2014, sin grieta y en paz: ideal para discusiones de fondo. -La bohemia cultural y el Doctor Frankenstein. -Prioridad de la conducción política por sobre la conducción del Estado. -Rodolfo Fogwill aplicado a la “generación intermedia”, y por qué es importante ganar en serio.

por Damián Selci


-La primera belleza de la militancia, y la segunda

Ha terminado la fiesta del orgullo poskirchnerista, y el viento dispersa indiferentemente los restos; las presunciones sobre un fin de año desquiciante y calórico no se cumplieron, los quintacolumnistas de las redes cajonean la sociología para replegarse en la poesía y la política internacional, y las redacciones insurreccionales tratan de sacarle provecho a sus contactos en los juzgados, actividad que los hastía –hubieran preferido el dólar, los saqueos, la rebelión policial, y no el comentario de monótonas denuncias y expedientes. No será perpetua esta paz, claro: pero es diciembre y donde se esperaba una grieta, hay vacaciones. La Presidenta saluda a la población por las fiestas. No hay crisis, sino brindis, y el kirchnerismo garantiza derechos (también la calma).

Podría ser este 2014 que termina normalizado, entonces, tal vez, oportuno para reponer el trasfondo de los debates que dieron vueltas en el último tiempo en la opinión pública digital, y en otros lugares también. Ese trasfondo fue la militancia. Es decir: en las discusiones más álgidas, en las columnas más polémicas, lo que partió aguas no fue el peronismo, ni siquiera fue solamente el kirchnerismo, sino la posición que cada quien tuviese sobre la juventud kirchnerista. He aquí el contexto actual. Hubo un período en que a todo el mundo le agradaba el regreso de la militancia. ¿Cuándo fecharlo? No es fácil, pero digamos que entre 2008 y 2011; o sea, cuando cada quien podía hacer política como le pareciese, de la manera más creativa y caprichosa posible. Era una época dorada y nueva; florecían las tertulias y los asados; las chicas lindas resultaban ser peronistas; coincidían mágicamente la bohemia y la revolución. Pero si la militancia puede en efecto nacer en ambientes artísticos de este tipo (en 1915, Lenin se juntaba  en un bar suizo a jugar al ajedrez con Tristan Tzara, padre de la vanguardia dadaísta), precisa de otros espacios para desarrollarse. Empieza entonces un nuevo tipo de belleza –sin el auxilio romántico de la noche y los debates interminables: más diurna y práctica, más árida, efectiva, organizada.

Por cierto, esta segunda belleza resultó horrenda para el establishment, pero también para una parte de la vieja bohemia, lo cual es absolutamente normal también. La militancia política joven, obviamente, tiene una terrible carga de intensidad en el país de los 30 mil desaparecidos; es un rayo que cae sobre cada grupo social, dividiéndolo entre “los que dan el salto” y los que no. Como las organizaciones políticas son algo abierto, donde en principio puede entrar cualquiera, los que no se encuadran deben elaborar algún tipo de explicación a la pregunta de “¿por qué no me convierto en un militante en toda regla, si muchas personas cercanas y respetables lo están haciendo?”. Independientemente de cada respuesta psicológica o singular, lo interesante es que, en diversos grados, la anhelada y bella oportunidad para hacer política se puede convertir en su opuesto, un monstruo opresivo y amenazante. Y así como algunos simplemente se dicen “no voy a militar, pero le brindo mi apoyo a esta buena gente”, la vieja bohemia se enemista con la militancia. Inspirada en el doctor Frankenstein, se arrepiente de su propia criatura y trata de destruirla. No parece saludable; pero un análisis detenido permite ver que el odio aciago y las críticas impiadosas cumplen a su pesar una función positiva: los que “no dan el salto” y se dedican a echar pestes le permiten al militante considerar la decisión de encuadrarse como un acto libre –es decir, un acto que no “era inevitable” ni está necesariamente bien visto (como lo sería anotarse en Derecho o Medicina), un quiebre en la propia biografía que no es fácil de asumir, que tiene riesgos y que, no obstante, tal vez defina lo esencial de una vida. Para abreviar, los ataques de la vieja bohemia convierten al militante en alguien valiente: esa es su función social.

Así que, por estas “razones estructurales”, la militancia recibió dardos de todos los frentes. Es innecesario enumerarlos, cuando ya han sido refutados por escrito y por los hechos; más interesante sería reponer su trasfondo teórico –pero como la entrada a los debates de fondo sólo se abre con la llave de una discusión particular, aboquémonos a la última y más sutil descalificación de la militancia: el “debate por las candidaturas”.


-La herencia cultural del Proceso

Los quintacolumnistas en sus bitácoras virtuales, y los redactores insurreccionales en las oficinas de los medios, razonan el siguiente modo: con toda la alharaca de la batalla cultural, el kirchnerismo creó una militancia, sí, pero no tiene candidato propio. Y entonces, en 2015 será derrotado, gane quien gane, porque el presidente traicionará a Cristina, como ha ocurrido siempre. Luego, desprovistos del presupuesto estatal, estos militantes no podrán sobrevivir: así que deberán a su vez traicionar el extremismo cristinista para abrazar al vencedor. Si no hacen esto y persisten en sus obcecadas ideas, simplemente dejarán de existir para la política argentina. ¿Por qué? Los teóricos del pensamiento antimilitante han establecido que los kirchneristas puros son “consumidores de poder” incapaces de sostenerse sin el Estado, ya que de ningún modo tienen representatividad y en cambio destilan soberbia, mientras que (en silencio, discretamente) el peronismo no ha cesado de producir una “generación intermedia” a-ideológica, fotogénica y triunfal, que genera poder propio y es querida por la gente –y además: la militancia no soportará el llano. No tienen tanta ideología como dicen. Se termina el relato. Hay fin de ciclo. Lean a José Natanson. Etc.

¿Cuál es el problema con este razonamiento aparentemente “natural”? Sencillamente, que parte de una premisa en parte burocrática y en parte reaccionaria: la superioridad del Estado por sobre la política. Es decir, presupone que las fuerzas políticas no pueden existir si no ocupan un lugar en el Estado. Como en democracia la vía de acceso al control del Estado es electoral, la única preocupación sensata debiera ser la de conseguir un candidato que tenga alta intención de voto. No importa para qué. Estar fuera del Estado equivale a no existir. El llano, seudónimo de la muerte. Y ante la posibilidad de muerte, se justifica tirar la ideología por la ventana y sumarse a cualquier candidato que haga cualquier cosa, siempre que gane. Este miedo paralizante, increíble y sublime a perder una elección debe contabilizarse dentro de lo que Rodolfo Fogwill llamaba “la herencia cultural del Proceso”: si no estás en el Estado, estás muerto. Efectivamente, las raíces de semejante ultra-estatalismo proceden del terror de la última dictadura, donde lo que quedaba abolido era precisamente la política como actividad que podía no coincidir con el Estado. Pero así queda denegada una premisa básica de la democracia: la existencia legal de la oposición. Y entonces se da la curiosa paradoja de que los “consumidores de poder” no le temen al llano (dijo Máximo Kirchner en Argentinos Juniors que, de no triunfar, “nosotros volveremos a la calle para reconstruir la fuerza política y volver a gobernar la Argentina en los próximos años”), mientras que los quintacolumnistas abrazan a cualquier candidato-salvavidas que mida en las encuestas, cualquiera, cualquiera, con tal de no salirse del Estado… Es extraño; en realidad, es lógico.


-Más allá del Estado

Los actuales filósofos de las elecciones 2015 no han llegado todavía a 1983. Lo que dicen, con una prosa afectada y vidriosa, es que guiarse por la ideología puede llevar a la muerte política, que para ellos es lo mismo a no estar en el Estado. En cambio, el oportunismo garantizaría la supervivencia: vaya novedad. En dos palabras: detrás de nociones como “consumidores de poder”, “comisarios ideológicos”, “generación intermedia”, “políticos light”, “fin de ciclo”, “minoría intensa”, “sciolismo o barbarie” que van salpicando los párrafos de los quintacolumnistas, lo que se vislumbra es la vigencia del trauma de las desapariciones forzadas, las torturas, el exilio, en resumen: la idea de la peligrosidad de la ideología cuando no coincide con el oficialismo. En contra de este pensamiento, el militante es alguien que dice sostener una  ideología, con independencia del resultado –es decir, el militante manifiesta la asombrosa pretensión de existir “más allá del Estado”, que una parte suya no depende del respaldo en el triunfo electoral, ni de ser bien visto en las cenas con los suegros. Esto no significa en absoluto que al militante le gusten las causas perdidas: al contrario, triunfar en serio le interesa tanto que está dispuesto a tomar algunos riesgos, por ejemplo, el de ser considerado un “impresentable” en el porvenir. La condición militante es previa a cualquier otro rol: en los barrios, en las universidades, en el trabajo o al frente del Poder Ejecutivo Nacional, el militante es primero militante, y después viene el resto. Su orgánica política vale más que cualquier jerarquía institucional y esto no es una rareza kirchnerista, sino un rasgo inherente a cualquier cosa que uno desee llamar “fuerza política”: en el mundo, los partidos siguen existiendo cuando pierden las elecciones, y también cuando las ganan. Claro que esta suerte no podrá correrla Massa ni otros adeptos a los experimentos individuales…

Yendo al grano: para el kirchnerismo, la política es superior al Estado y esto significa, entre muchas cosas, que la conducción política puede no coincidir con la conducción institucional. La militancia se regirá por el liderazgo de Cristina, con entera independencia de quién esté en la Casa Rosada en 2015. A los que piensan que este comportamiento no se condice con las tradiciones peronistas, seguramente bastará con remitirlos a lo que ocurrió durante la proscripción de Perón: sin dudas hubo una parte de la dirigencia que rápidamente se acomodó a las nuevas circunstancias y se “ordenó con el Estado” –pero el hecho es que precisamente esa claudicación fue la que dio origen a la Juventud Peronista, que como es sabido maduró con el leit-motiv de denunciar el colaboracionismo de “la burocracia” y mantener la lealtad a Perón: en otras palabras, en un gesto clave para la historia argentina, la Juventud Peronista estableció la prioridad de la conducción política por sobre el Poder Ejecutivo Nacional. Y guste o no, esto fue algo que pasó en la Argentina y en el peronismo. No se puede obviar (agreguemos que “la solución JP” al dilema del poder político no fue tan mala: aun con el exterminio a cuestas, metieron dos presidentes, Néstor y Cristina.)


-La columna vertebral de la época

El asunto de la militancia joven ocupa el centro de la política argentina por una razón muy simple: hace poco, en este país hubo un genocidio llevado a cabo por el Estado contra su propia población, y el 75% de los desaparecidos tenía menos de 35 años. Esto fue lo más grave que pasó en la historia reciente. Fue quizá lo más grave de toda la historia. Que nuevamente tenga gracia ser militante constituye un hecho político-cultural de valor incalculable, y por eso las discusiones políticas no cesan de orbitar alrededor del tema  –y por eso, también, la política de derechos humanos es la columna vertebral de la militancia: el Estado ha pedido perdón por sus crímenes de lesa humanidad, los juicios contra los represores han avanzado enormemente, fueron recuperados 116 nietos. Esto es lo formidable, lo novedoso, lo increíble: nadie morirá por llevar adelante una política contraria a la “oficial”. Por esa razón, el pensamiento antimilitante obsesionado con las elecciones no evidencia solamente un “miedo a perder el Estado” y morir simbólicamente para la política, sino algo mucho más profundo: un miedo a ganar el Estado con la propia ideología. En otras palabras: una cosa es triunfar apoyando a cualquier “candidato natural-pragmático”, es decir, sin experimentar una auténtica inclinación por sus posiciones (lo que nos permitirá despegarnos enseguida en caso de que pierda popularidad, decir “yo no lo voté” y seguir tranquilos en el reino de la cultura, escribiendo artículos sobre la crisis y lanzando editoriales de literatura independiente), pero otra cosa muy distinta es “ganar en serio” con nuestra ideología, ganar para aplicar en la realidad nuestra visión del mundo, lo que forzosamente nos obligará a tomar en nuestras manos una tarea mayor, delicadísima: la responsabilidad sobre los demás. Esta es la forma de pensar de un militante, y es una postura que cualquiera puede compartir desde hoy mismo, porque (contra la desagradable pedantería de quienes se burlan de “los kirchneristas del minuto 45 del segundo tiempo”, “los que descubrieron a Néstor en 2011”) en realidad la militancia es un fenómeno cultural y social que pertenece a los argentinos, en el que todos pueden participar, y que recién empieza.